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Cantos rodados

El Trap como movimiento social

Pese a lo que muchas personas desinformadas pueden llegar a pensar, el trap no apareció ayer de la nada. El género nació en la década de los noventa en el sur de los Estados Unidos, y se bautizó con el nombre – perteneciente al slang estadounidense – con el que se denomina al lugar donde se venden ilegalmente las drogas. Bebiendo de su primo hermano el rap, este género musical se caracteriza principalmente por el uso continuo de subbajos, bases rítmicas compuestas en cajas programables como la TR-808 de Roland y, sobre todo lo demás, por letras impulsadas por la agresividad y la decadencia callejera. Todo sintetizado junto a armonías menores para transmitir una estética lúgubre y un ambiente de tristeza y desasosiego.

Renacido de las cenizas

El reciente alzamiento de esta música se debe a su fusión con sonidos y métodos de composición, propios de la música electrónica actual. Frente a la evolución y asentamiento musical que ha sufrido el rap estas últimas décadas, el trap empezaba cada vez más a complacer a ese sector de oyentes que demandaban música más cruda que hablase de las experiencias de la calle, de traficantes de drogas y hasta de la prostitución y el abuso a las mujeres.

A principios de esta década, varios artistas de southern rap – un estilo de rap que se da en el sur de los EEUU – como Young Jeezy, Rick Ross, Gucci Mane y T.I. produjeron una serie de éxitos que ayudarían a expandir el trap hacia más personas, y con ello, a la popularidad del género en sí. Cada vez aparecían más mixtapes y trabajos inspirados en esos sonidos que reconocían como parte de su día a día. Y la expansión de este curioso género no se queda ahí, pues con la llegada de esos sonidos a latinoamérica, México y España, la cosa sólo podía intensificarse del todo.

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NEW YORK, NY – JANUARY 28: Recording aritst Rick Ross attends the 60th Annual GRAMMY Awards at Madison Square Garden on January 28, 2018 in New York City. (Photo by Mike Coppola/FilmMagic)

El trap como movimiento social

Desde llevar calcetines de piñas con cholas hasta alzar las manos en diagonal hacia un lado exclamando un SKRT, los traperos han adoptado una seña característica que – como ya ha pasado con otros movimientos – se ha instaurado en una parte de la juventud. Conformado por un horterismo ilustrado que pretende romper con las directrices de la etiqueta establecidas y, priorizando la comodidad por encima de todo, el vestuario de estos pseudo-traperos se instala en las tiendas de ropa y, paulatinamente, en la cultura social.

Como si fuese una respuesta al muy reciente hipsterismo – y a la par una parte evolutiva del mismo –, el trap como movimiento adquiere elementos estéticos de los hipsters para deconstruirlos en algo nuevo, en algo que incluso ataca esos mismos elementos que han sido su raíz. Todo bañado con ese gesto callejero que caracteriza al género musical desde sus inicios.

Cada vez se extingue más la clase media en los países principalmente representados por este movimiento y no resulta difícil de creer que este modelo de vida se pueda arraigar a muchas personas que gozan de “pocos privilegios” y que intentan aspirar a algo más que eso. Gente que se siente representada con la violencia y las ilegalidades que constituyen las letras del trap porque ellos mismos las han sufrido en sus carnes. Gente que persigue el triunfo, uno de los mensajes que cada vez están más presentes en el medio gracias al éxito comercial que está siendo el mismo. Personas que pretenden pasar de una clase social a otra por medio de la música.

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