Trazo y cincel

La dama de Shalott, una fascinación victoriana

Inglaterra. Siglo XIX. El Imperio británico conoce su máxima expansión a la vez que se desarrolla la Revolución Industrial. Una época marcada por un rígido conservadurismo y una vuelta a los valores puritanos que, sin embargo, vio florecer numerosos movimientos artísticos. Dentro de la diversidad de estilos que se aglutinan bajo el término de “pintura victoriana”, nos encontramos con la Hermandad Prerrafaelita, fundada por los pintores William Holman Hunt, John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y su hermano William Michael Rossetti. Seguidores de los preceptos del teórico Ruskin, estos artistas renegaron de Rafael y todo el arte posterior, remontándose así a la Edad Media y volviendo a tener a la Naturaleza como referencia fundamental.

La poesía, sobre todo la de Alfred Lord Tennyson, basada en temas clásicos y medievales, constituyó toda una fuente de inspiración. Concretamente, el poema de La Dama de Shalott, publicado en 1833, alcanzó tal fama que desde entonces este personaje artúrico se ha convertido en una de las heroínas paradigmáticas del poeta y, también, en una de las figuras más representadas por el universo artístico victoriano y, más específicamente, por los pintores prerrafaelitas. La razón primordial de este interés se debe a que la Dama de Shalott constituye la personificación literaria y artística de un ideal femenino de virtud y pudor, el de la mujer que permanece totalmente aislada del exterior. Por tanto, la utilización de este arquetipo en el discurso moral victoriano contribuía a difundir un modelo de perfección femenino, antagónico al de la “mujer-caída”, que debía ser la aspiración de toda mujer respetable.

Los orígenes de la Dama de Shalott se remontan a Thomas Malory y a su obra La muerte de Arturo, más específicamente al personaje de la Doncella de Astolat, considerada como uno de sus antecedentes junto con la Donna di Scalotta, un personaje más antiguo procedente de un romance medieval italiano. Sin embargo, a pesar de que a las tres les une su amor por el caballero Lanzarote, las diferencias que las separan son notables, sobre todo en lo que a las circunstancias que les rodean se refiere. Para Julia Doménech “[…] el poema de Tennyson refleja una cuestión contemporánea de la sociedad victoriana, la de la mujer encerrada en un mundo privado –el hogar- ajena e imposibilitada de participar en el mundo real exterior” [1]. Lo cual quiere decir que los temas literarios que escogerían los pintores victorianos, incluidos los poemas de Tennyson, no serían seleccionados al azar. Todos guardaban una determinada actitud masculina, en lo cultural y lo sexual, hacia lo femenino, motivada por el temor a los cambios relacionados con las nuevas actitudes y comportamientos de las mujeres -por ejemplo, los movimientos feministas de emancipación de la mujer-. Por tanto, siguiendo el hilo argumental de Doménech, más que un ejercicio de escapismo esta elección tenía como objetivo primordial el autoconocimiento, en hallar en el medievo personajes cuyos dilemas e historias respaldaran la construcción ideológica de la realidad victoriana.

El argumento del poema de La Dama de Shalott es el siguiente: la dama, encerrada en lo alto de la torre de la isla de Shalott, teje incansablemente las mágicas imágenes que se reflejan en su espejo, su único contacto con el mundo exterior. Nadie la ha visto jamás, sólo sus bellos cantos desvelan su presencia a los segadores de las proximidades. La causa es una terrible y enigmática maldición que le impide acceder o mirar directamente a Camelot, hasta que un día el resplandor de la brillante armadura de Lanzarote se refleja en el espejo y la deslumbra. En ese momento, la dama sucumbe al amor que siente repentinamente por el caballero y cede a la tentación de mirar por la ventana. El espejo se rompe, el hilo de sus labores sale volando y la maldición se cumple. Finalmente, la doncella desciende de su torre y emprende el viaje en una barca que la conduce hasta Camelot, donde expira su último aliento.

Aunque, como ya dijimos, este poema es uno de los más representativos del autor y de su época, curiosamente despertó numerosas críticas negativas cuando se publicó a causa de la ambigüedad de su significado y de la transmisión de contenidos morales. Esto incitó a que florecieran las visiones personales del mismo, tanto que los numerosos dibujos y cuadros que partieron de este poema difieren considerablemente en términos de composición, color o simbolismo.

De todos los pintores prerrafaelitas, William Holman Hunt será el que conecte de forma más íntima, casi obsesiva, con el personaje de Tennyson, y realizará varias versiones de las cuales la primera es un dibujo que data de 1850. Hunt interpretaba los versos del poema como una metáfora del fracaso de los individuos a la hora de aceptar y cumplir con sus deberes [2] y, como consecuencia, en sus representaciones pictóricas siempre se centrará en el instante en el que la maldición se cumple y el espejo se agrieta.

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Figura 1. W. H. Hunt, La Dama de Shalott, 1850. Melbourne, National Gallery of Victoria

En el dibujo de 1850 (figura 1) Hunt coloca a la dama en el centro de la composición. Los hilos del tapiz, a modo de tela de araña, aprisionan su cuerpo a la vez que intenta liberarse de ellos, una escena que no aparece en el poema. Tras ella se encuentra el gran espejo redondo que muestra a Lanzarote a caballo dirigiéndose a Camelot. Alrededor del espejo hay otros ocho pequeños espejos que cuentan la historia del personaje, en un guiño a El matrimonio Arnolfini de Van Eyck [3]. Estos ocho espejos son un recurso narrativo que empleó Hunt para sintetizar en una sola imagen todos los episodios del poema y así intentar superar las limitaciones que impone la pintura, un ideal que se remonta al Renacimiento.

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Figura 2. W. H. Hunt, La Dama de Shalott, 1857. Boston, Museum of Fine Arts

Siete años más tarde Hunt realizaría una ilustración de la Dama de Shalott para la edición corregida del poema, conocida como la edición Moxon (figura 2). A diferencia de la anterior versión, en esta imagen los ocho pequeños espejos se reducen a dos. Sólo la imagen de uno es visible y muestra a un Crucificado, que podría aludir a un ideal de sacrificio que la dama fracasó en emular [4]. Pero la diferencia más llamativa es sin lugar a dudas el largo y ondulado cabello de la doncella, que se extiende y se agita salvajemente para sugerir la fatalidad que se cierne sobre ella y la pérdida de todo control, tanto estético como moral [5], al igual que una violenta sensación de shock y crisis [6]. El mundo masculino, personificado por Lanzarote, destruye el mundo femenino, creativo, cerrado y encantado [7].

A partir de 1886 Hunt dedicaría varios años a trasladar este dibujo a la pintura, convirtiéndose así en su obra maestra (figura 3).

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Figura 3. W. H. Hunt. La Dama de Shalott, 1886-1905Hartford, Wadsworth Atheneum

En la versión que realizaría Dante Gabriel Rossetti en 1857, también para la edición Moxon (figura 4), Lanzarote contempla el cadáver de la hermosa doncella, iluminado por las antorchas que porta el gentío. La dama, envuelta en su capa, a modo de sudario, yace muerta en la barca en cuya proa arden varios cirios. Al fondo se observa el muelle de Camelot donde se agolpan los espectadores. En el río varios cisnes -uno de los tres símbolos del viaje al Inframundo junto con la barca y la lira [8], y metáfora de la desnudez femenina [9]- constituyen su cortejo fúnebre.

El aspecto más importante a resaltar de esta versión es que Rossetti escogió el momento en que se produce un drástico cambio de roles en el poema. Según Doménech, es Lanzarote quien ahora posa su mirada en la dama y quien ostenta un papel dominante: el caballero, vestido con lujosas vestimentas, marca el eje vertical de la composición y la dama, el horizontal, adoptando así una posición de sumisión. Esta imagen constituye todo un homenaje a la belleza de la muerte [10], un tema que también generaba auténtica fascinación entre los victorianos.

ROSSETTI
Figura 4. D. G. Rossetti, La Dama de Shalott, 1857.
Boston, Museum of Fine Arts

 

De John Everett Millais sólo se conserva un dibujo (figura 5) en el que la doncella reposa lánguidamente en una pequeña barca que parece hundirse bajo el peso de su cuerpo. Resulta más que evidente el parecido que esta imagen tiene con la Ophelia del propio pintor, no sólo en cuanto a la exuberante flora y al tema de la relación entre la mujer y el agua, sino también en cuanto a la expresión ausente, casi en éxtasis, del rostro.

MILLAIS
Figura 5. J. E. Millais, La Dama de Shalott, 1854

En la imagen que realizaría Elizabeth Siddal en 1853 (figura 6), la dama, sentada frente al telar, observa a Lanzarote a través de la ventana, vestida y peinada muy modestamente. Según Cherry, la artista optó por representar al personaje en un momento activo y creativo de su vida, no en el instante de su fallecimiento en el río, porque deseaba evitar construir al personaje femenino como una víctima indefensa y moribunda, que luego serviría como espectáculo para la mirada masculina [11]. En vez de ello, Siddal coloca a la doncella en un espacio de trabajo, severo y disciplinado, en donde el personaje se afana en la búsqueda del “yo”.

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Figura 6. E. Siddal, La Dama de Shalott, 1853.
Londres, Maas Gallery

Por último, John William Waterhouse, que no es un artista prerrafaelita en el estricto sentido del término y que además trasciende la época victoriana, realizó tres versiones pictóricas de la Dama de Shalott que hemos decidido mencionar por ser las más conocidas junto con la de Hunt. La primera, la de 1888 (figura 7), es sin lugar a dudas la más señera y enigmática, ya que muy pocos pintores optaron por representar el momento en el que la dama, presa de la fatal maldición, abandona la isla de Shalott para enfrentarse a su destino.

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Figura 7. J. W. Waterhouse, La Dama de Shalott, 1888. Londres, Tate

Este cuadro es tan rico a nivel simbólico como el óleo de Hunt. En él la doncella, ataviada con una túnica de inspiración medieval y con un pesado collar de oro, se prepara para soltar las cadenas de la barca. Un “cielo plomizo y bajo” y unos “bosques sin color” [12] se reflejan en las aguas turbias de la orilla. La oscura embarcación, a modo de ataúd flotante, transporta consigo todo un ajuar funerario: el colorido tapiz, bordado con las diferentes escenas que vislumbró la dama en el espejo, inscritas en tondos; en la proa, donde la dama ha grabado su nombre, observamos un Crucificado junto con tres velas, una de ellas aún encendida, y un farol. Sus cabellos largos y pelirrojos – sólo sujetos por una sencilla cinta en la frente – enmarcan un rostro otrora bello y de serena palidez, ahora atenazado por una expresión de dolor contenido. La angustia de sus ojos, enrojecidos por el llanto, se ve acentuada por el rubor de sus mejillas y sus labios entreabiertos, que entonan su última canción antes de arribar a Camelot.

Waterhouse realizó la segunda versión casi un década más tarde, en 1894 (figura 8). Representa los instantes previos al descenso de la dama de su torre, justo cuando decide mirar directamente a Lanzarote a través de la ventana y se cumple la maldición. De nuevo llama la atención la fuerza expresiva del rostro de la dama, que se concentra sobre todo en la mirada depredadora y hambrienta, de tal intensidad que consigue intimidar al espectador.

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Figura 8. J. W. Waterhouse, La Dama de Shalott, 1894.
Leeds, Leeds City Art Gallery

 

La última versión de la Dama de Shalott de Waterhouse (figura 9), la menos interesante de la tríada a nivel emocional y expresivo, relata un estadio previo al cumplimiento de la maldición, justo cuando la dama se lamenta de su confinamiento.

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Figura 9. J. W. Waterhouse, “Harta estoy de Tinieblas”, dijo la Dama de Shalott, 1915.
Toronto, Art Gallery of Ontario

 

En conclusión, el personaje de la Dama de Shalott constituye un vehículo imprescindible para la comprensión de este panorama artístico, nostálgico de un pasado repleto de leyendas de caballería y amores frustrados, y de la sensibilidad que definió a toda una sociedad y época. Víctima, rebelde, mártir, amante, artista. Aún hoy la dama personifica nuestros mayores anhelos y nuestras más terribles tragedias. Y por ello, su historia todavía sigue viva.

 

[…]

Pero quedó pensativo Lanzarote;

Luego dijo: “Tiene un hermoso rostro;

Que Dios se apiade de ella, en su clemencia,

la Dama de Shalott”.

 

 

 

CITAS:

[1] DOMÉNECH, J. La belleza pétrea y la belleza líquida: El sujeto femenino en la poesía y las artes victorianas. Madrid: Fundamentos, 2010

[2] HUNT, W. H. The Lady of Shalott by William Holman Hunt. London: Chiswick Press, 1909. Citado en DOMÉNECH, J. La belleza pétrea y la belleza líquida: El sujeto femenino en la poesía y las artes victorianas. Madrid: Fundamentos, 2010

[3] DOMÉNECH, J., op. cit.

[4] POULSON, C. (1999). The Quest for the Grail: Arthurian Legend in Brtish Art, 1840-1920. Manchester University Press, 1999

[5] STEIN, R. L. The Pre-Raphaelite Tennyson. Victorian Studies, 1981, p. 294. Citado en DOMÉNECH, J. La belleza pétrea y la belleza líquida: El sujeto femenino en la poesía y las artes victorianas. Madrid: Fundamentos, 2010

[6] POULSON, C., op. cit.

[7] DOMÉNECH, J., op. cit. 

[8] DOMÉNECH, J. ibídem

[9] BACHELARD, G. El Agua y los Sueños. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1994. Citado en DOMÉNECH, J. La belleza pétrea y la belleza líquida: El sujeto femenino en la poesía y las artes victorianas. Madrid: Fundamentos, 2010

[10] POULSON, C., op. cit.

[11] CHERRY, D. Painting Women: Victorian Women Artists. London, New York: Routledge, 1993. Citado en DOMÉNECH, J. La belleza pétrea y la belleza líquida: El sujeto femenino en la poesía y las artes victorianas. Madrid: Fundamentos, 2010

[12] TENNYSON, A. La Dama de Shalott y otros poemas. Valencia: Pre-textos, 2002

 

 

 

 

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