Ut pictura poesis

Fue muy hermoso

Ya hacía rato que había entrado de lleno la noche en la villa londinense. Algunas nubes tapaban el cielo estrellado, ocultando tras de sí la luna llena en su máximo apogeo. Las amarillentas luces de las farolas iluminaban las calles, por las que pocas personas y vehículos se desplazaban, perezosas y calladas, a través de adoquines rotos y parterres casi putrefactos. Las luces de neón de los escaparates de tiendas y edificios seguían parpadeando, dando un aspecto tétrico y fantasmagórico a la ciudad que había estado viva en las horas anteriores al ocaso. Poca iluminación se podía observar en los rascacielos, apagándose lentamente, muy poco a poco, para dormirse acorde con ruidos lejanos de fiestas que no llegaban a su final y jóvenes que volvían embriagados de discotecas y bares cercanos. Las alcantarillas de la gran ciudad desprendían olores fétidos, que venían acompañados de pequeñas ratas e insectos varios, deambulantes de un lado para otro de los desiertos callejones donde intentaba dormir, sin demasiado éxito, algún que otro desdichado vagabundo, preocupándose de lo que le sucedería al día siguiente cuando se levantara de la asquerosa y maloliente esquina  donde procuraba olvidarse del hambre y el frío que tenía.

Ya hacía rato que había entrado de lleno la noche en la villa londinense. Algunas nubes tapaban el cielo estrellado, ocultando tras de sí la luna llena en su máximo apogeo. Las amarillentas luces de las farolas iluminaban las calles, por las que pocas personas y vehículos se desplazaban, perezosas y calladas, a través de adoquines rotos y parterres casi putrefactos. Las luces de neón de los escaparates de tiendas y edificios seguían parpadeando, dando un aspecto tétrico y fantasmagórico a la ciudad que había estado viva en las horas anteriores al ocaso. Poca iluminación se podía observar en los rascacielos, apagándose lentamente, muy poco a poco, para dormirse acorde con ruidos lejanos de fiestas que no llegaban a su final y jóvenes que volvían embriagados de discotecas y bares cercanos. Las alcantarillas de la gran ciudad desprendían olores fétidos, que venían acompañados de pequeñas ratas e insectos varios, deambulantes de un lado para otro de los desiertos callejones donde intentaba dormir, sin demasiado éxito, algún que otro desdichado vagabundo, preocupándose de lo que le sucedería al día siguiente cuando se levantara de la asquerosa y maloliente esquina  donde procuraba olvidarse del hambre y el frío que tenía.

Era en una de esas variopintas callejuelas donde estaba ocurriendo algo realmente importante, algo fuera de lo común. Tras un grafiteado contenedor verde de basura, una sombra se podía vislumbrar, una sombra de una figura humana en actitud inmóvil. Tal vez masculino, o tal vez femenino, un alargado cuerpo ensombrecido esperaba pacientemente algo. Ni un gesto, ni una mirada, ni tan siquiera un leve movimiento de manos podía confirmar que no era una estatua de piedra; sin embargo, podía leerse en su entorno que una inmediata acción trágica iba a llevar a cabo. Con la poca iluminación que le llegaba ocasionalmente con el paso de algún que otro vehículo, se podían apreciar sus ropajes, ya muy viejos y desgastados, y unos descuidados y despeinados cabellos canosos que le llegaban hasta más abajo de los hombros. Unos deformados y podridos dientes configuraban su boca, de labios aparentemente enrojecidos por el intenso frío de la noche londinense, y sus ojos, negros oscuros como noche sin estrellas en el cielo, presagiaban tempranamente lo que iba a ocurrir. Solo en una única ocasión se le pudo ver salir de su escondrijo, quizás porque creía falsamente que alguien se acercaba a su posición actual, o quizás por otros motivos que no se podía llegar a comprender. Fue esta irrepetible vez cuando dejó mostrar sus pies descalzos, pestilentes y desaliñados de pisar la basura que la gente corriente tiraba en sus idas y venidas por las calles. Creo que preguntas tales como “¿Tenía familia?” o “¿Por qué lo hace?” son interrogaciones que están de más; también los intentos por colocar demasiados detallismos. Aun así, mencionable es  la ausencia del dedo gordo del pie izquierdo, la cual terminaba de completar su intimidatoria y funambulesca apariencia. 

De repente, comienza a oírse un susurro en la lejanía, el ruido casi inaudible de unos zapatos de tacón al contacto con el suelo, y una cerradura de cremallera zumbante de abajo hacia arriba. El extraño ser escondido tras el contenedor lo oye y cambia su postura corporal por primera vez desde que volvió de su única salida a la luz, pues, con el más absoluto silencio posible, se mete la mano en un bolsillo de su remendado y roto pantalón y saca un enorme cuchillo santoku, de pomo bastante oxidado y hoja mellada y teñida de rojo, por su uso durante varios años. Es entonces cuando se ve la intención de la misteriosa persona del cuchillo, es aquí cuando se intuye que el terrorífico cuerpo quiere quitarle la vida a la joven mujer que se acerca caminando tan ajena a su funesto destino.

Inesperadamente, algo ocurre que desconcentra al asesino en potencia, y hace parar de caminar a la mujer, que desliza su suave mano a través del repleto bolso, buscando con desgana el teléfono móvil que no para de hacer su tono característico de llamada entrante. Sin embargo, el destino o la mala suerte hacen que no llegue a tiempo a cogerlo, perdiendo la llamada. Antes de que intentara realizar una llamada al número descrito en la pantalla de su móvil, siente un ingente dolor gélido en el abdomen. El bolso y el móvil se le caen al suelo, fragmentándose el último en varias partes. Entonces, mira hacia abajo y allí, lo ve: un gran cuchillo sangrante clavado en su parte abdominal. Las manos y la ropa se llenan de sangre, y comienza a sentir que no puede estar en equilibrio con sus piernas. Los ojos se le llenan de lágrimas, destiñendo el maquillaje que llevaba puesto, y de la boca sale un único gemido de dolor que es poco audible. Primero las rodillas, luego las piernas, los pies, la espalda y el tronco caen muy pausadamente, y los ojos se entrecierran. Todo se vuelve de un tono negro grisáceo, y es entonces cuando lo ve, una figura extravagante riéndose de ella y de su propia defunción. Apenas con el último aliento que le queda de vida en su corazón, consigue pronunciar con dificultades “fue muy hermoso”, cerrando los ojos para siempre, para dar paso al fallo respiratorio y cardíaco que finalizará su paso por el planeta Tierra.

Era en una de esas variopintas callejuelas donde estaba ocurriendo algo realmente importante, algo fuera de lo común. Tras un grafiteado contenedor verde de basura, una sombra se podía vislumbrar, una sombra de una figura humana en actitud inmóvil. Tal vez masculino, o tal vez femenino, un alargado cuerpo ensombrecido esperaba pacientemente algo. Ni un gesto, ni una mirada, ni tan siquiera un leve movimiento de manos podía confirmar que no era una estatua de piedra; sin embargo, podía leerse en su entorno que una inmediata acción trágica iba a llevar a cabo. Con la poca iluminación que le llegaba ocasionalmente con el paso de algún que otro vehículo, se podían apreciar sus ropajes, ya muy viejos y desgastados, y unos descuidados y despeinados cabellos canosos que le llegaban hasta más abajo de los hombros. Unos deformados y podridos dientes configuraban su boca, de labios aparentemente enrojecidos por el intenso frío de la noche londinense, y sus ojos, negros oscuros como noche sin estrellas en el cielo, presagiaban tempranamente lo que iba a ocurrir. Solo en una única ocasión se le pudo ver salir de su escondrijo, quizás porque creía falsamente que alguien se acercaba a su posición actual, o quizás por otros motivos que no se podía llegar a comprender. Fue esta irrepetible vez cuando dejó mostrar sus pies descalzos, pestilentes y desaliñados de pisar la basura que la gente corriente tiraba en sus idas y venidas por las calles. Creo que preguntas tales como “¿Tenía familia?” o “¿Por qué lo hace?” son interrogaciones que están de más; también los intentos por colocar demasiados detallismos. Aun así, mencionable es  la ausencia del dedo gordo del pie izquierdo, la cual terminaba de completar su intimidatoria y funambulesca apariencia. 

De repente, comienza a oírse un susurro en la lejanía, el ruido casi inaudible de unos zapatos de tacón al contacto con el suelo, y una cerradura de cremallera zumbante de abajo hacia arriba. El extraño ser escondido tras el contenedor lo oye y cambia su postura corporal por primera vez desde que volvió de su única salida a la luz, pues, con el más absoluto silencio posible, se mete la mano en un bolsillo de su remendado y roto pantalón y saca un enorme cuchillo santoku, de pomo bastante oxidado y hoja mellada y teñida de rojo, por su uso durante varios años. Es entonces cuando se ve la intención de la misteriosa persona del cuchillo, es aquí cuando se intuye que el terrorífico cuerpo quiere quitarle la vida a la joven mujer que se acerca caminando tan ajena a su funesto destino.

Inesperadamente, algo ocurre que desconcentra al asesino en potencia, y hace parar de caminar a la mujer, que desliza su suave mano a través del repleto bolso, buscando con desgana el teléfono móvil que no para de hacer su tono característico de llamada entrante. Sin embargo, el destino o la mala suerte hacen que no llegue a tiempo a cogerlo, perdiendo la llamada. Antes de que intentara realizar una llamada al número descrito en la pantalla de su móvil, siente un ingente dolor gélido en el abdomen. El bolso y el móvil se le caen al suelo, fragmentándose el último en varias partes. Entonces, mira hacia abajo y allí, lo ve: un gran cuchillo sangrante clavado en su parte abdominal. Las manos y la ropa se llenan de sangre, y comienza a sentir que no puede estar en equilibrio con sus piernas. Los ojos se le llenan de lágrimas, destiñendo el maquillaje que llevaba puesto, y de la boca sale un único gemido de dolor que es poco audible. Primero las rodillas, luego las piernas, los pies, la espalda y el tronco caen muy pausadamente, y los ojos se entrecierran. Todo se vuelve de un tono negro grisáceo, y es entonces cuando lo ve, una figura extravagante riéndose de ella y de su propia defunción. Apenas con el último aliento que le queda de vida en su corazón, consigue pronunciar con dificultades “fue muy hermoso”, cerrando los ojos para siempre, para dar paso al fallo respiratorio y cardíaco que finalizará su paso por el planeta Tierra.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s