La calle

Tomoko Kinuta Trío. Una explosión de folklore y música clásica japonesa en el MNH.

      En plena estación estival, algo se ha trasmutado en la capital chicharrera. El Barranco de Santos, constante testigo del devenir isleño en su recorrido desde los montes de Anaga hasta el puerto santacrucero, fija su mirada curiosa en el Antiguo Hospital Civil, ahora flamante Museo de la Naturaleza y el Hombre erigido junto a su desembocadura.

      El hall, otrora guardián solitario de este edificio neoclásico, se encuentra acompañado por un torii o arco tradicional rojizo que señaliza el tránsito entre el mundo secular y el sacro templo sintoísta; al igual que nos permite traspasar el zaguán en la arquitectura del Archipiélago. Las Phoenix canariensis coronadas sin consorte en el Patio de las Palmeras, valga la redundancia, ahora discuten sus asuntos regios con una majestuosa flor de loto que flota en un puro estanque circular. La cultura ya no yace silenciosa tras las vitrinas; pues, sin saber cómo ha sucedido, el patio canario se presenta repleto de kanjis, puestos con especialistas en origami, samuráis y personajes de animación trazados en las paredes, degustaciones de apetitosos alimentos de inspiración nipona, etcétera. Un sonido atrayentemente anómalo, al menos en nuestras tierras, resuena y parece ser que proviene del aledaño Patio Antonio Pintor.

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      Son las 21:30 horas y esta noche de viernes permanece tan cerrada que nadie duda de la existencia de un acuerdo tácito entre las luces naturales, tanto lunar como estelar, y el juego de luces artificiales perfectamente instaladas por el equipo técnico. Las personas asistentes pueden apreciar a mano diestra unas líneas alargadas que parecen imitar trazos del kanji y que se posan sobre un muro; mientras, al lado contrario, se halla una aparentemente “siniestra” máscara blanquecina inmersa en un fondo rojizo.  Esta pieza escultórica se identifica como una máscara Koómote del teatro tradicional japonés Noh y forma parte de la exposición “Lluvia roja”, en la cual el artista Paul Hamanaka recorre el concepto Mono no aware o, según palabras del creador recogidas en la web del MNH, la sensibilidad con lo efímero que lleva a valorar la belleza estética de la triste fragilidad de las cosas. El centro de las miradas es el escenario principal, ya que, bajo una fila de globos de papel con grafía japonesa, una pantalla que proyecta imágenes del país asiático insular y unos focos multicolores descendentes, se aprecian tres figuras capaces de “guiar” las emociones del público tan magistralmente como un maestro de bunraku o teatro de marionetas.

      Sin mediar una sola palabra introductoria, los intérpretes dan comienzo al espectáculo. La canción seleccionada para iniciar su andadura sería Sakura, sakura (flor del cerezo), una legendaria melodía popular en el “País del sol naciente” representada por una vocalista y pianista, una flautista y un contrabajista. A continuación, el primer bloque de muestras musicales estaría compuesto por temas folclóricos del siglo XVIII o del periodo Edo, entre las que se pueden destacar Kurosa Bushi, una canción dedicada a los pescadores de Miyasaki o Tanko Bushi (dedicada a los mineros de la isla de Kyushu), entre otras. La fascinación general hacía imposible alejar la vista de tal espectáculo, debido a que aquellas hipnotizadoras melodías venían acompañadas de todo un entramado visual; encarnado, en ocasiones, por la polifacética vocalista que mientras entonaba el canto era capaz de interpretar con un mero abanico con una elegancia sublime o marcar el tempo con unas baquetas y un tambor de mano; reforzado por los profundos sonidos de la shakuhachi o flauta vertical de bambú; y, a su vez, alimentado por los controladamente estridentes acordes del shamisen de tres cuerdas de seda utilizando su bachi o púa.

      Tras el primer bloque musical, sólo continúa sobre el escenario la flautista, mientras que sus acompañantes se retiran momentáneamente. La protagonista en cuestión se trata de Tomoko Kinuta, una intérprete japonesa de shakuhachi al estilo Tozan bajo la supervisión de Ryokuzan Edo y cuya rica carrera artística se extiende por el Departamento de Música del Kobe Collegue (Japón), la consecución de una maestría en Música en el Goldsmiths Collegue, una certificación en la Universidad de Southern California Thorton School of Music o su participación en proyectos de Sony, BBC Persia o el Festival de Edimburgo. Ella es la invitada principal del concierto y, por ello, se denomina a la agrupación Tomoko Kinuta Trío. Indudablemente, la calidad musical de Tokomo es vasta, siendo capaz de hacer las delicias del público con su dominio del shakuhachi y su demostración rápida de varios diminutos instrumentos nipones capaces de imitar el sonido de pájaros o de los lloros de un bebé y, por otra parte, emitir sorprendentes sonidos afinados al contactar con el agua.

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      Los dos otros corresponsables de esta experiencia musical regresan a escena y también merecen una esperada presentación, a pesar de que ya son caras conocidas para los seguidores de las actividades del Museo. Por un lado, Satomi Morimoto es una pianista y soprano licenciada en la Tokyo University of Arts and Music y cursa un Master Degree of Music en la Guildhall School of Music and Drama en Londres. En el otro rincón se encuentra Tomás López-Perea Cruz, un graduado en contrabajo en el Liceu de Barcelona, con un Master Degree en Orchestral Training en la Guilhall School of Music y, a su vez, estudiante de Shamisen y Koto en Tokyo. Ambos artistas llevaron a cabo un taller de música e historia de Japón el 17 de agosto en el propio Museo que abarrotó el Salón de Actos y sirvió como un precedente ilusionante para el concierto descrito en este artículo. Ello se debe a que fue una excelente combinación entre la teórica evolución histórica de la música hōgaku y los instrumentos japoneses a la par de la realización de diversas actuaciones, donde se mostraron instrumentos tradicionales como el koto o la inclusión de los asistentes en los propios ritmos tradicionales mediante aplausos coordinados.

      A lo largo de la segunda parte de la velada, se concatenan múltiples creaciones sonoras de los siglos XIX y XX, ya sin la utilización de los instrumentos tradicionales shamisen y shakuhachi, como la denominada “Canción de la playa”, la protagonizada por un conejo Usagi, las infantiles Momotaro o Usagi to Kame (El conejo y la tortuga), Oboro Tsukiyo (Luna nublada) o Recuerdo de verano”. Quizás el momento culmen de la noche, o al menos de los más emotivos por su capacidad de alterar el estado de ánimo general a la velocidad de una noria, se desataría con las tres últimas actuaciones de la noche. Primeramente, el tema Akatombo (Libélula Roja) provocó numerosas carcajadas en el público ante el comentario humorístico de la vocalista Satomi sobre su carácter nostálgico que había provocado en el contrabajista Tomás una melancolía por su tierra, la “lejana” La Laguna ni más ni menos. Ya en la siguiente composición, el propio Tomás se aproxima al micro y explica apasionadamente que no puede evitar emocionarse mientras actúa debido a que confiesa que, tanto Satomi como él mismo, sólo conocen a Tomoko desde la noche anterior; sin embargo, la hermosura de lo que consiguen juntos sobre el escenario supera dicha barrera del tiempo. A modo de colofón, se despliega todo el talento esparcido a lo largo de la noche con el impresionante sencillo Hana na Saku (Las flores florecerán), arreglada por Yoko Kanno para el aniversario del terremoto Tohoku del 2011 y, en este caso, reutilizado por estos fabulosos artistas para animar y recordar los últimos desastres naturales de Kyushu y Sapporo (Hokkaido).

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      La clausura llegaba inexorablemente, mientras las manecillas del reloj se acercaban a las 23.00 horas. El Tomoko Kinuta Trío ofrecía al “respetable” una última oportunidad de gozar sus melodías armoniosas con la canción “Encontrar”, del afamado compositor Toru Takemitsu que realizaría bandas sonoras para las películas de Kurosawa o álbumes reconocidos como “November Steps”. Esta cita musical acaba, aunque más que un punto final, se trata de un punto y seguido, ya que forma parte de una oferta cultural del Museo de la Naturaleza y el Hombre inmersa en el proyecto MusaJapón (una tercera edición tras MusaLusa en 2016 y MusaIndia en 2017). Durante el mes de agosto pasado se desarrolló un ciclo de cine japonés y, hasta en este mismo mes de octubre, habrá talleres de diversa índole (kimonos, bonsáis, kárate/aikido, etcétera), junto a ello todos los viernes habrá conciertos de diversas agrupaciones musicales japonesas a las 21:30 horas que reseñaremos en la Trova.

      Ha sido una placentera oportunidad de reflexionar sobre una cultura tan maravillosa a través de su música, un instrumento popular en todos sus matices, y no hubiera sido posible sin Cecilia Luis Pérez y Ayoze Ávila, encargados del material gráfico. Cabe decir que, a través de la visualización de este show sonoro y visual, se puede identificar el concepto Mono no aware esgrimido por Paul Hamanaka en todas sus dimensiones. La valoración artística de la imposibilidad de frenar el tiempo destructor se encuentra en los lentos movimientos abanico en mano de la vocalista Satomi (una belleza relacionada con la capacidad de realizar movimientos que frenen el rápido paso del tiempo como se muestra en el teatro kabuki) o en la esperanzadora actitud ante las catástrofes naturales que destruyen los restos del pasado como se observa en la letra de Hana na Saku (“Puedo ver la sonrisa de alguien. Al otro lado de la tristeza. Una flor, una flor florecerá. Para ti que nacerás algún día.”). Por último y a modo de curiosidad, este respeto al cambio rupturista producido por las tragedias naturales tendría una tradición antiquísima en el territorio nipón, ya que los propios ainu o pueblos indígenas del norte explicaban los tsunami como enfados de la divinidad en forma de pez Amemasu que se encargaba de mantener las aguas del Pacífico; un ser que sólo perdonaba a los que respetaban a los animales marítimos.

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