Trazo y cincel

Entrevista al ilustrador Santiago Caruso.

“La condesa, sentada en su trono, contempla.”
La Condesa Sangrienta, Alejandra Pizarnik

Y nosotros también contemplamos; observamos, con los ojos como platos, las escalofriantes imágenes que materializan el texto de La Condesa Sangrienta de Pizarnik, mientras pasamos -casi devotamente- las páginas una a una, expectantes ante la idea de hallar horrores aún más macabros. No podemos evitar echar un inquieto vistazo a la habitación, sumida en la semipenumbra. Solo una bombilla led nos separa de la oscuridad de la madrugada cerrada, de la locura de una noche sin luna. El silencio amenazante. Las sombras de la cortina agitada por una repentina brisa. Un estremecimiento. La tentación de dejarse llevar.

“El mensaje del mundo visible tiene que ser codificado por el artista”, decía Gombrich. Y si bien Pizarnik se ha servido de las palabras, Caruso las ha convertido en fauces ávidas de carne, cuerpos desgarrados, banquetes de sangre y cadáveres andantes. Un imaginario y un estilo sin el que ahora no se entiende la trayectoria de este ilustrador, nacido en Buenos Aires en 1982.

¿Cómo fueron los inicios de su carrera como artista? ¿Cuándo se empezó a definir el estilo tan único y característico que identifica la firma “Santiago Caruso”?

Bien, los inicios de mi carrera… si es que el concepto de “carrera” se puede aplicar, porque nunca trabajé más de dos meses seguidos en una empresa o en un estudio, hace ya trece años. En el 2005 colaboré con una productora de cine pero el resto del tiempo he trabajado en mi casa. Antes de casarme, en casa de mis padres, y después ya en un lugar más propio o apropiado. Así que lo de “carrera” en términos formales no sé si se aplica; sólo en la urgencia que el medio impone a la cuestión creativa. Y a veces eso pesa mucho, cuando uno no está componiendo imágenes para cumplir con fechas de entrega sino que tiene otro compromiso y otra perspectiva o búsqueda personal puesta ahí.

Yo empecé haciendo historietas a los quince o dieciséis años con Óscar Capristo, un dibujante y docente de las afueras de Buenos Aires. Asistí a un par de talleres suyos a mediados de los noventa (esto fue todo antes de Internet). Quise contactar con editoriales de fuera, pero era bastante pibe como para que me prestaran atención. Y realmente acá era imposible publicar porque no había editoriales nacionales. Publiqué algunas cosas… en algunos números de fanzine que hacíamos entre cinco dibujantes de la zona sur de la ciudad: Quilmes, Bernal, Berazategui. Y después, a partir del 2001, trabajé haciendo algunas tiras cómicas para la revista Comiqueando, siendo todavía muy chico.

Luego quise saber qué pasaba con el medio editorial, un poco también porque Capristo me familiarizó con ciertas técnicas de ilustración. Mandé algunas muestras a editoriales y empecé a publicar en manuales escolares. A principios de los 2000 yo ya estaba muy influenciado por Carlos Nine, por este grotesco tan particular que él manejó, aunque al mismo tiempo me dedicara a ilustrar libros infantiles. Mientras, iba desplegando lecturas que tenían que ver con lo dramático: Baudelaire, Poe (a quien ya conocía) y William Blake. Ellos me fueron empujando a buscar otra estética que diera cuenta de ese dramatismo.

EL-HORROR-DE-DUNWICH-SANTIAGO-CARUSO-6
Ilustración de Santiago Caruso para El Horror de Dunwich, H. P. Lovecraft. Libros del Zorro Rojo

Aparte de ser ilustrador para varias editoriales como El Zorro Rojo o Valdemar, ¿tiene otras facetas?

Bueno, además de ilustrar para estas editoriales y otras de todo el mundo, también me dedico a la escritura desde hace unos cinco años. Lo hago cuando me es urgente escribir o para preparar algún texto de presentación para una exposición o una charla. Más que nada me dedico a escribir poemas, por una necesidad interior que pasa por el cuerpo y que surge exclusivamente de ahí. En el trabajo editorial la premisa, el origen de todo, proviene de un texto, un pedido o una imagen que yo luego paso por el cuerpo, por toda la retórica simbólica que he ido desplegando en estos años, me lo apropio y lo trabajo. Pero la poesía que no surge de ningún encargo, solo de uno mismo (lo que es un acierto del editor, no encargarme un poema – dice mientras se ríe), es un camino en el que uno anda algo más perdido. Si para un verdadero escritor la poesía ya es algo complejo, aún más para mí que me dedico a la imagen (y a la lectura).

Por otro lado, la música siempre me acompaña. Por eso organizo encuentros de pintura con música o con poesía en vivo. Porque yo trabajo con música, escuchando música, y además hago música. He compuesto un par de cositas nada más, y no me encuentro ni satisfecho ni venturoso como para compartirlo (vuelve a reírse). Pero sí hago y toco un poco la guitarra. Así que la relación con ella es fundamental para la pintura y la escritura.

Cuando pensamos en el Santiago Caruso ilustrador, automáticamente le asociamos con el género de terror. ¿Tiene preferencia por este género o es que su estilo se adapta a él mejor que a otros géneros literarios?

Yo creo que si desde donde estamos pensando es desde una cultura occidental y cristiana, el terror es inevitable como sustancia. Hay una diferencia entre “horror” y “terror”. En mi libro Materia oscura lo trato un poco. El “horror” tendría más que ver con el miedo a algo que pudiera suceder y que no pertenece a lo real. El “terror” es más bien el miedo a algo vivo, a algo concreto que se puede ejercer en la materia y la propia corporalidad. Me parece que la historia del catolicismo – ya son dos mil años y algo más – tiene mucho que ver con la exacerbación del “horror”; primero, en ese espanto que a uno le sucede al ver lo diminuto que es en relación al universo, el que contemplamos en una noche límpida y al que si prestamos oídos, su silencio no se interrumpe con la palabra de un dios. Allí el andamiaje de la religión ha caído y eso genera alarma. Esto es común a todos los humanos, es el horror original, el que las religiones tratan de recubrir con explicaciones para ofrecer una sensación de control. El “horror” en tanto a lo espectral proviene de ese corrimiento de la figura divina, y el reemplazo de ella por cualquier miedo, volviéndose inmaterial. El “Terror” con mayúscula es el que ha ejercido una entidad bastante parecida a nosotros, que tiene poder de omnivisión y poder de castigo: el “terror” que ha impuesto la institución religiosa sobre los cuerpos, amenazados por la tortura, por la persecución a las mujeres o cualquier tipo de culto que no sea el monoteísta y oficial. Sus marcas perduran hasta el día de hoy.

Yo trabajo esos temas desde lo literario y lo político, estetizando este horror, para desvelar cuánto de real tiene. No es que yo disfrute con eso, no soy un sádico ni un gran espectador de las películas de terror. Me emocionan más las que tienen que ver con el género fantástico y donde además juega lo dramático, y eso obviamente transita en algún momento por el “horror” o el “terror”. Pero no estoy habituado al cine norteamericano que sí ejerce el terror y cuyo aparato cinematográfico no hace más que validar esa potencia y ese derecho a torturar, matar o a privar de la libertad.

Monje-Cap-XVI
Ilustración de Santiago Caruso para El Monje y la Hija del Verdugo, Ambrose Bierce. Libros del Zorro Rojo

Me ha parecido encontrar referencias a Füssli, Redon, Moreau o Ingres en su obra, entre otros artistas. ¿Cuáles son sus referentes o fuentes de inspiración?

Sí, estas referencias están claras. Ingres no tanto, por ahí seguro que viste algo de Ingres en la delicadeza de algunos dibujos. Pero no es un pintor que a mí me guste mucho. Por supuesto es admirable desde lo técnico pero quizás los artistas más cercanos a mí son los simbolistas, entre ellos Moreau y Redon. Füssli también, pero Füssli tiene un corazón más romántico y si aparecen cosas fantásticas tienen que ver más con lo literario. Pero es verdad que comparto cosas con él.

No sé… son un montón de artistas de referencia. Te puedo nombrar a Katie Kolwitz, del siglo XX, a dibujantes extraños y humorísticos como Heinrich Kley; Kent Williams (en la formación primera de historietas), John Muth, Mike Mignola, Alcatena y sus mundos maravillosos, la serie Mort Cinder, The Sandman, Hellblazer. Y fuera del ámbito del cómic, Gustave Doré, Durero, Lucas Leyden, el matrimonio Olga Dujina y Andrés Dujin, Giuseppe de Rivera, Sorolla y Fortuny, dos pintores españoles, y de los últimos años para acá, Odd Nerdrum, un pintor noruego que está vivo todavía y al que debería conocer de alguna forma… viajar y ser alumno suyo antes de que muera. Pero no sé, me atan muchas cosas, mis hijos… supongo que tendré que seguir arreglándomelas solo.

A la hora de ilustrar, ¿qué técnica y materiales utiliza? ¿Lo hace a mano o digitalmente?

Yo trabajo a mano, tradicionalmente, con acuarelas y tintas que aplico a la técnica del esgrafiado, que consiste en tinta china sobre una lámina estucada. Cuando la tinta está seca se va raspando con una punta, por eso tiene tanto que ver con el grabado. Y esa es la técnica más identitaria de mi obra. Luego me desdoblé un poquitito hacia la témpera y el acrílico sobre fondos oscuros, que permite trabajar más plásticamente, más libre, más suelto, pero que deja conservar al mismo tiempo las texturas del esgrafiado, no iguales a la trama eso sí, pero aún así con una carga textural y un contraste de blanco y negro bien pleno. Más o menos me manejo en ese rango, que es bastante amplio, entre la pintura al agua, translúcida, las tintas y algunas cargas más corpóreas de pintura con el acrílico. Ahora estoy coqueteando un poco con el óleo también (ríe).

Su paleta de color se restringe a los negros, carmesíes, blancos y amarillos-ocres. ¿Qué se esconde detrás de esta elección?

Siempre me gustó trabajar desde una atmósfera, desde un color. En la acuarela no se puede, hay que reservar los blancos e ir cubriendo desde ese blanco que uno reserva. El esgrafiado me permitía salir de atmósferas oscuras e ir raspando, frotando con trapos, abriendo penumbras y desnudando formas. Y eso siempre me es muy enriquecedor. Por eso la necesidad de la pintura (con pasta, quiero decir, con materia) que también me permite eso, salir de un color, de una atmósfera y dejar que las manchas sugieran sus cosas y que las formas sean más blandas. No esta pintura del coloreo, no esta pintura de lo que ya estaba digitado en el dibujo y que hay que completar, sino una pintura abierta, móvil, con la que a veces uno pierde el hilo y la forma, y que hay que volver a encontrar.

Y como en la acuarela me he dejado expandir más en el sentido del color, lo lumínico, lo diurno, en los esgrafiados y los acrílicos he restringido la paleta. Me permite controlar mejor las cosas. Y entonces, sí, como decís, usar los carmesíes, los amarillos o los azules como acentos simbólicos. Es un uso siempre simbólico el del color. Por eso en La Condesa Sangrienta está todo armado en blanco y negro con acentos de rojo y algunos plateados, que no se llegan a ver en impresión y que en todo caso se perciben como grises. Y es un poco pensar en esos colores: lo sanguíneo, lo carnal, el fuego por el lado del rojo; lo vital también -por lo solar, por lo crepuscular-, la fuerza, lo violento, un poco todo eso encarna ese color que siempre tiene que ver con lo sanguíneo. La lectura de los colores siempre tiene que ver con la experiencia viva… los colores transmiten lo que transmiten porque nosotros los vinculamos a nuestra percepción de lo real. Que un color sea frío tiene que ver con que ese azul o ese verde o ese amarillo pálido está relacionado con un momento del día, o con el elemento del hielo, o con el agua tras la tormenta… Los dorados tienen que ver con el poder, la opulencia, lo divino, el oro, con la acumulación pero también son lo pálido, son las hojas secas, son el otoño, lo decadente. Ahora en Frankenstein hice un giro hacia esas paletas pardas y ocres intentando hablar de esa decadencia de lo verde. Pero también incluyo azules, que tienden al cielo, a lo eléctrico, a la sangre azul de la aristocracia y a los hielos de las cumbres de la novela.

CondesaSangrientaCaruso1
Ilustración de Santiago Caruso para La Condesa Sangrienta, Alejandra Pizarnik. Libros del Zorro Rojo

¿Sigue algún ritual a la hora de enfrentarse a una obra o un proyecto?

Rituales debe haber, no soy un tipo muy ordenado en ese sentido. O sea, necesito ordenar un poco el espacio de trabajo y a veces no tanto. Y si es un proyecto largo, sentarme a hacer dibujos, bocetos, buscar alguna idea o bien pensar y escribir y después ponerme algún esquemita sencillo, y me pongo a buscar sobre el soporte mismo la composición. Las pinturas de Frankenstein se están haciendo un poco así. En La Condesa Sangrienta planeé mucho más las cosas. Sin embargo, después se modificaron muchísimo. No soy un tipo de seguir recetas ni de estar copiando referencias. Por eso a veces el proceso se vuelve muy trabajoso, muy desorientador. Pero bueno, se va dando. Trabajo con música, a veces escuchando alguna charla de filosofía, alguna conversación o entrevista, siempre y cuando sea la parte dispositiva, la de la pintura, y no la de la composición o de pensar ideas, porque ahí ya no puedo estar en dos lugares. Un poco transito eso como ritual y como proceso.

¿Cuál fue el primer libro que ilustró?

Las primeras cosas que ilustré fueron cuentos infantiles, algunos clásicos como Alicia en el País de las Maravillas, cuyas ilustraciones fueron las primeras como ilustrador infantil, y Pinocho (un libro que me gustaría ilustrar en serio). Después ilustré a modo de boceto y dibujos sueltos poemas de Edgar Alan Poe (que nunca se publicaron), mitos griegos en el 2003, que eran más para adolescentes que para niños, y años después, en el 2010, una ilustración para Un Sueño Dentro de un Sueño. En el 2007 hice El Horror de Dunwich y en el 2008, La Condesa Sangrienta. Después El Monje y la Hija del Verdugo, El Rey de Amarillo y La Hija de Rappaccini, una obra de teatro que aún no se ha podido publicar porque no nos dan los derechos del texto de Octavio Paz. Estoy bastante apenado porque hace tres años que lo hice y aún no se ha publicado. También ilustré Los Cantos de Maldoror, Jane Eyre…

En la actualidad, en España ha habido un boom en la ilustración de libros y está muy de moda, tanto que la mayoría de las editoriales han vuelto a apostar por ello en un intento de enriquecer la experiencia del lector y competir con los formatos electrónicos. ¿Ha ocurrido igual en Argentina?

Sí, ya hace varios años que las editoriales están dándole cabida y prestando atención al despliegue de imágenes para los libros. Siempre fue necesario eso en los libros infantiles pero bueno, durante muchísimo tiempo la ilustración, que en su origen tiene más bien la misión de describir visualmente lo que el texto cuenta, se ha ido separando de esa obligación y desplegando unas retóricas más lejanas de lo descriptivo y lo narrativo hacia lo poético, hacia lo simbólico. Y me parece que es ahí donde ha sobrevivido el espíritu de lo artístico en la segunda mitad del siglo XX, cuando las artes plásticas se vacían de sentido, de discurso. Ahora la plástica está retomando ciertas formas de lo ilustrativo, pero las vacía de sentido de nuevo. Pero bueno, por lo menos hay un atender a esas formas expresivas que estaban totalmente denostadas. Hablo de la figuración, de la irrupción de algunos elementos simbólicos, de la estética de lo fantástico. Todo eso lo veo más vivo hoy y eso es lo que viene alentando la ilustración desde el siglo pasado.

De hecho, los ilustradores han empezado a ganar mucho prestigio y reconocimiento. Algunos, como Benjamin Lacombe, que tiene un sello muy personal, realizan exposiciones. ¿Qué opina de este nuevo fenómeno?

Ahora me parece que hay una vida de eso, galerías que dan cuenta de esa cuestión y que abrazan y cobijan a artistas reconociendo su extrema complejidad discursiva y estética. Es una alegría. No es que yo transite mucho esos espacios pero he expuesto en muestras colectivas aquí y fuera. Ahora estoy tratando de subirme de nuevo a ese tren.

De sus imágenes lo que más me sorprende es, sin duda, el nivel de detalle y lo explícito de los horrores que retrata. Son muy impactantes y, a veces, calan más que la propia narración. Pero a pesar de ello, siempre me parece entrever un nivel de misterio al que no es tan fácil acceder a priori. ¿Hay mensajes ocultos en sus ilustraciones, a disposición del espectador para que los descifre?

Claro que hay detalles, que es lo que sostiene el atractivo para el ojo. No para entretenerlo sino para atraerlo. Hay mensajes ocultos pero no en la obra, sino entretejidos en la forma. Por supuesto, toda decodificación de ese dispositivo estético depende de la formación y del conocimiento del que mira. La obra habla tanto claramente como poéticamente, pero el cuerpo también tiene una memoria y aunque no haya asistido a ninguna universidad (como es mi caso), si está abierto a la lectura, a la escucha, a la mirada, también comprende. Solamente es necesario que se haga algunas preguntas y que busque respondérselas con la obra. No es un arte hermético.

Cuando leí La Condesa Sangrienta (mi favorito de todos los que ha ilustrado, por cierto) me pareció que era el libro en donde más rienda suelta ha dado a su imaginación y donde mejor se capta ese estilo simbolista que tanto le define. ¿Se trató de un proyecto especial para usted?

Sí, es un libro especial en relación a otros porque es un texto que, si bien tiene algo de narrativo y biográfico, es un texto cargado de poesía. Eso me permitió trabajar al modo de las miniaturas medievales, donde en una pequeña escena lo fantástico y lo real se dan la mano, y la poesía se encarna con un un peso histórico, un peso temporal. Eso cala de otra forma que la mera ficción.

CondesaSangrientaCaruso8
Ilustración de Santiago Caruso para La Condesa Sangrienta, Alejandra Pizarnik. Libros del Zorro Rojo

Desde luego, el personaje de Erzébet Báthory y su fascinante y, a la vez, pertubadora historia son materiales que dan mucho juego a la hora de ilustrar. ¿Cómo se documentó para hacer frente al reto de ilustrar el libro de Pizarnik?

Para ilustrar La Condesa Sangrienta requerí de mucha documentación. Era un trabajo muy difícil para mí en ese momento, yo tenía veinticinco o veintiséis años. Y era un tema muy difícil porque trata sobre la tortura y una cosa es decirlo con palabras y otra, mostrarlo con imágenes. Entonces había que estar a la altura del lenguaje poético, de que el libro no se convirtiera en una carnicería. Y, bueno, además, ilustrar a Pizarnik, a quien yo no había leído mucho salvo por algunos poemas sueltos y ese texto de La Condesa Sangrienta… Pero hubo una afinidad muy honda con la escritura de Alejandra. Trabajé con la novela de Valentine Penrose, en la que Pizarnik también se basó para su texto. De hecho, Pizarnik escribió su ensayo breve como un comentario de la novela biográfica de Penrose y después despliega sus cosas. La novela (de Penrose) es muy rica, es una gran novela. En ella aparece la mandrágora, que se incluyó en la portada de la tercera edición de La Condesa del Zorro Rojo, aunque no se mencione. Eso es un elemento que yo puse y que tomé de Penrose, no del texto de Alejandra.

CondesaSangrientaCaruso10
Ilustración de Santiago Caruso para La Condesa Sangrienta, Alejandra Pizarnik. Libros del Zorro Rojo

Entonces sí, es un libro al que quiero mucho y que ha transitado en infinitos lugares. Y me alegra muchísimo que eso pase. Me parece que tiene otro caso análogo pero es menos conocido, y quizás Valdemar no lo ha impreso con tanta justicia, que son Los Cantos de Maldoror. Me parece un trabajo potentísimo, a pesar de que no tenga ese refinamiento técnico porque es un libro que pinté en dos meses, sin moneditas, cuando La Condesa Sangrienta lo trabajé durante nueve meses. Los Cantos de Maldoror hablan de un modo mucho más personal y contundente. Pero en la edición en papel no se ven tan bien las imágenes. No sé si la editorial se lo plantea pero estaría muy bien una reedición, cuando se vendan todos los primeros ejemplares. Hay que ver cuánto tarda en suceder eso, es un libro difícil de vender… es un libro maldito. Les tengo mucho cariño a los dos.

Finalmente, ¿cuáles son sus futuros proyectos?

Tengo que retomar en breve Frankenstein. Finalmente, no va a salir este año por una cantidad de problemas, un poco de tiempos míos y un poco de cuestiones con la editorial. Saldrá el año próximo, así que le voy a dedicar los últimos meses de este año.

Ahora estoy por ilustrar La Cruzada de los Niños de Marcel Schwob con una editorial mexicana. Va a ser un libro muy bello, desplegable. También estoy planeando ilustrar algunos textos míos. Estoy además tratando de organizar una exposición en España relacionada con Materia Oscura. Ojalá que esto se acomode. Y tal vez hacer lo mismo en Colombia y en México. Estoy ahí viendo cómo hacerlo circular.

Esperamos ansiosos estas novedades, Santiago. Muchas gracias y hasta pronto.

Muchas gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s