Trazo y cincel

Los paisajes de “Frankenstein”, un reflejo del itinerario vital de Mary Shelley

 

Vi —con los ojos cerrados, pero con una aguda visión mental— vi arrodillado al pálido estudiante de artes oscuras junto a la cosa que había construido. Vi tendido el horrendo fantasma de un hombre, que acto seguido, en virtud de algún poderoso mecanismo, manifestó señales de vida, y empezó a experimentar un lento movimiento, como vivo a medias.
Mary Shelley

Con estas cuasi proféticas palabras, a modo de prólogo, da comienzo una de las novelas más icónicas del siglo XIX y de toda la historia de la literatura: Frankenstein o el Moderno Prometeo, que este 2018 cumple el bicentenario de su publicación rodeado de eventos tales como el ciclo de conferencias “Frankenstein 200”, celebrado la semana pasada en el departamento de Historia del Arte y Filosofía de la Universidad de La Laguna.

Siendo como es Frankenstein un paradigma y una referencia fundamental de la ciencia ficción, cargada de tintes góticos y reminiscencias autobiográficas, a ningún entendido le cabe la menor duda de que la hija de los escritores y revolucionarios William Godwin (abajo a la derecha) y Mary Wollstonecraft (abajo a la derecha), es una de las autoras más grandes de su generación (abajo en el centro), algo que le costó mucho reivindicar en su época a pesar de sus esfuerzos. La primera edición de Frankenstein se publicó con el nombre de su marido, el poeta Percy Bysshe Shelley, porque ningún editor quiso asumir el riesgo de publicar una obra de una mujer —considerada inferior al hombre—, que escribía sobre “temas poco femeninos” y que además estaba sumida en el escándalo: antes de desposarse con Percy, casado y con una hija, mantuvo con él una relación adúltera que despertó el feroz rechazo y la crítica de la conservadora sociedad inglesa. En una frankensteniana sucesión de acontecimientos que precedería a la publicación de la novela, Harriet, la esposa de Shelley, embarazada de varios meses, se suicidaría arrojándose al lago Serpentine de Hyde Park, poco después de que se suicidara la medio hermana de Mary, Fanny Imlay; además, Mary había perdido recientemente a su primera hija, un bebé de dos meses que nació de forma prematura. Estas tragedias, unidas a sus dolorosas sospechas sobre los escarceos amorosos de su marido con su otra medio hermana Claire Clairmont, y al rechazo de su padre, sumieron a Mary en un estado de ánimo sombrío y devastador que abonaría el terreno para la imaginación y la inventiva. No hay muerte sin vida, ni destrucción sin creación. En este caso, la creación de un monstruo.

El aspecto autobiográfico y lo que de la autora poseen tanto el doctor Victor Frankenstein como su criatura, es algo que siempre ha estado en la mesa de debate. Mucho más desde que la directora Haifaa al-Mansour estrenó en el 2017 el mejor biopic que se ha hecho hasta la fecha de la escritora. De lo que no hay duda es que Mary Shelley tomó elementos y experiencias de su propia vida como inspiración para la novela, entre ellos los lugares que visitó a lo largo y ancho de Europa.

☙ Ginebra ❧

Puede que de todos esos lugares, Ginebra (Suiza) fuera el que sellaría el destino de Mary para siempre. En 1816 realizaría este viaje a petición de su media hermana Claire, que en esos momentos estaba embarazada de la hija de Lord Byron. De modo que Mary, Percy y Claire alquilaron una humilde casa, la Maison Chapuis, relativamente cerca de la espléndida Villa Diodati alquilada por Byron, que viajaba acompañado de su médico y secretario, John William Polidori. Los Shelley y Claire pasaban la mayor parte de su tiempo en la Villa, entregados a la escritura, la lectura, a navegar en el lago y a otros tantos placeres.

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Cologny, vista de Ginebra desde la Villa Diodati. Jean Dubois

Esta aparentemente idílica y pintoresca imagen no duraría mucho porque 1816 sería conocido como el “Año sin verano” para la posteridad, al desarrollarse una “pequeña Edad del Hielo”. La brutal erupción del volcán Tambora, entre otras causas, fue lo que desencadenó el brusco descenso de las temperaturas, las abundantes precipitaciones y el avance de los glaciares. Suiza sufrió particularmente las consecuencias dentro del mapa europeo. El frío era tal que era casi imposible salir al exterior y las tormentas estaban a la orden del día. Todo ello alimentó el imaginario romántico del siglo XIX y la estética de lo sublime, que se tradujo en una pintura de paisaje en la que la Naturaleza es una fuerza destructiva, que aterroriza y traiciona al ser humano. El paisaje romántico desprecia la luz, el amanecer y el gozo sereno y equilibrado, para perseguir la noche, las ruinas y los desastres naturales.

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Erupción del Vesubio, desde Portici. Joseph Wright of Derby

Este ambiente sombrío junto con el tedio de permanecer encerrados en la Villa, fue lo que llevó a Byron a proponer una competición entre sus invitados: cada uno escribiría una historia de terror y el mejor ganaría el premio. En esa noche lluviosa se gestaría Frankenstein o el Moderno Prometeo, según Mary Shelley, gracias a un sueño. En la propia novela el monstruo “nacería” en Ginebra, fruto de los horripilantes experimentos del doctor quien, al observar el resultado, huye despavorido. Al igual que Mary fue abandonada por su madre —fallecida al darle a luz—, por su hermana, su padre, su marido y varios hijos, el monstruo es abandonado cruelmente a su suerte por el único padre que conoce.

☙ Valle de Chamonix ❧

 

Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha. Doquiera que mire, veo la felicidad de la cual solo yo estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad y volveré a ser virtuoso. Soy malvado porque soy infeliz, ¿acaso no me desprecia toda la humanidad?

Las montañas agrestes y escarpadas eran una de las musas de los románticos que se lanzaban en búsqueda de la sublimidad. Mary Shelley, junto con otros muchos turistas y artistas europeos, también puso rumbo al Mont Blanc con el fin de observar la grandeza de los inalcanzables y afilados picos helados. Con motivo de esa visita al valle de Chamonix, en los Alpes franceses, Percy escribiría el poema Mont Blanc y, conjuntamente con Mary, la Historia de una excursión de seis semanas.

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Vista del Valle de Chamonix, cerca de Argentière. Carl Hackert

La sensibilidad romántica de Mary haría que ambientara el primer encuentro entre el doctor y su criatura en el helado valle que visitó junto a Percy y Claire. Allí, en la crudeza de un desolador desierto invernal, el monstruo se enfrenta a su creador por primera vez, reprochándole la miseria de su existencia y su crueldad por abandonarlo a toda clase de infortunios, entre ellos, la amarga soledad a la que estaba condenado. Por ello, como contrapartida, la criatura le exige una compensación y sólo a cambio de ella podrá perdonarlo: un semejante, una compañera. El doctor, ante esta petición, retrocede aterrorizado y se niega, pero el monstruo le amenaza con perseguirle de por vida, con arrebatarle a todos aquellos a los que ama. El doctor, atormentado, cede y le hace esa promesa con la condición de que luego el monstruo debía desaparecer para siempre.

☙ Escocia ❧

 

Has destruido la obra que empezaste; ¿qué es lo que pretendes?¿Osas romper tu promesa? He soportado fatigas y miserias; me marché de Suiza contigo; gateé por las orillas del Rin, por sus islas de sauces, por las cimas de sus montañas. He vivido meses en los brezales de Inglaterra y en los desérticos parajes de Escocia. He padecido cansancio, hambre, frío; ¿te atreves a destruir mis esperanzas?

Cuando Mary contaba con solo catorce años, su padre la envió fuera del domicilio familiar londinense a la casa de William Baxter, en Escocia. Las razones eran su constante rebeldía, que provocaba enfrentamientos con su madrastra, y su falta de tesón en su instrucción. Godwin tenía la esperanza de que un cambio de aires enriqueciera a su hija. Escribió al señor Baxter: “Considero que está exenta de […] vicios, y que posee un talento considerable. Tengo muchas ganas de que sea educada […] como filósofa. […] De vez en cuando muestra una gran perseverancia, pero también, de vez en cuando, una gran necesidad de ser estimulada.”

A pesar de la nostalgia por su padre y sus hermanas, Mary experimentó por primera vez el sabor de la libertad. Sin saberlo, Mary siguió los pasos de otros viajeros románticos a las salvajes Tierras Altas escocesas, entre ellos los poetas Coleridge, que ejerció una gran influencia sobre Mary, y William Wordsworth junto a su esposa Dorothy. Esos paisajes agrestes, salpicados de antiguas iglesias de piedra y majestuosas cascadas, contenían todo lo que un espíritu romántico pudiera desear.

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Loch Lomond. Horatio McCullogh

Pero si Escocia fue crucial para la vida de Mary no fue tanto por el paisaje sino porque allí conoció el que sería el sempiterno y tormentoso amor de su vida: Percy Shelley, un poeta rebelde y radical que había sido expulsado de Oxford por publicar el panfleto La necesidad del ateísmo junto con Thomas Jefferson Hogg. Aún así gozaba de relativa popularidad en algunos círculos selectos por sus versos. Mary, de dieciséis años, y Percy, de veintiuno, se enamoraron perdidamente y acabaron fugándose por no contar con la bendición de sus familias.

En la novela, Mary ambientó la creación de la segunda criatura que habría de ser la compañera del monstruo en las Islas Orcadas, en lo más remoto de Escocia. Allí, en un yermo y rocoso paisaje insular azotado por el viento y el oleaje, el doctor afrontó su terrible tarea en solitario, vigilado de cerca por el monstruo. Victor Frankenstein, torturado por sus pensamientos, daba vueltas a la misma idea una y otra vez: “Tres años antes había creado un demonio […]. Ahora estaba a punto de crear otro ser cuyas inclinaciones desconocía igualmente; ella podía ser incluso diez mil veces más malvada que su compañero y disfrutar, por pura diversión, con el crimen y la destrucción.” El doctor, consumido por el sentimiento de culpa, no sería capaz de llevar a término dicha empresa, destruyendo a la segunda criatura antes de conferirle vida. Como venganza el monstruo le promete: “estaré contigo en tu noche de bodas”.

Thomson, John, 1778-1840; A Cliff Scene (Fast Castle)
Escena con acantilado (Fast Castle). John Thomson

 

☙ Océano Ártico ❧

 

¿Soy yo el único criminal, cuando toda la raza humana ha pecado contra mí? […] Yo, el infeliz, el proscrito, soy el aborto, creado para que lo pateen, lo golpeen, lo rechacen. Incluso ahora me arde la sangre bajo el recuerdo de esta injusticia. […] Hace algunos años, cuando por primera vez se abrieron ante mí las imágenes que este mundo ofrece, cuando notaba la alegre calidez del verano, y oía el murmullo de las hojas y el trinar de los pájaros, cosas que lo fueron todo para mí, hubiera llorado de pensar en morir; ahora es mi único consuelo. Infectado por mis crímenes, y destrozado por el remordimiento, ¿dónde sino en la muerte puedo hallar reposo?

En el congelado océano Ártico transcurre el principio y final de la novela. Aunque Mary Shelley jamás se aventuró por estos remotos y hostiles parajes, sí que estaba al día de las expediciones científicas con afán colonizador que los ingleses enviaban al Ártico. En esas revistas, Mary leía acerca de las durísimas condiciones a las cuales se enfrentaban los marineros y los peligros que les acechaban. El Ártico era la última frontera por conquistar y un atajo para llegar al Pacífico sin pasar por el Estrecho de Magallanes, controlado por los españoles. Pero también era toda una fuente de inspiración para los artistas románticos, que se asombraban del poder hipnótico y destructor del hielo. Friedrich fue uno de los muchos pintores que reflejó un naufragio bajo las colosales placas de hielo del Ártico.

Seguramente, estos testimonios le servirían para recrear el viaje del Capitán Walton, quien encuentra al Doctor Frankenstein en el hielo, medio moribundo. En la seguridad del barco, Frankenstein le relata los escalofriantes acontecimientos de su vida y cómo ahora perseguía hasta los confines del mundo al monstruo que había acabado con la vida de sus seres queridos, entre ellos a Elizabeth durante su luna de miel. Cuando Frankenstein termina el relato y expira su último aliento, la criatura aparece para despedirse de su creador, tan odiado y amado al mismo tiempo, entre llantos. Y luego, bajo la estrecha mirada del Capitán, “saltó por la ventana del camarote a la balsa que flotaba junto al barco. Pronto, las olas lo alejaron y se perdió entre la oscuridad y en la distancia” para no regresar jamás.

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El naufragio de la esperanza. Caspar David Friedrich

 

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