Trazo y cincel

Insensibilidad industrial: reflexionemos Santa Cruz

La memoria industrial ha tardado, especialmente en nuestro país, en llegar a poner en valor su trascendencia histórica y sociocultural. La experta en arquitectura industrial, María Pilar Biel Ibáñez, habla en términos revolucionarios de la puesta en valor del patrimonio industrial: “es una reivindicación de clases”. Las fábricas son comparadas por la autora con las grandes catedrales, y su complejidad para ser asumidas como patrimonio valioso reside en que “la burguesía liberal […] nunca ha trabajado en una”.

Desde 1978 se han ido incorporando a la “La Lista del Patrimonio Mundial” de la UNESCO aquellos elementos o conjuntos significativos y característicos de la producción mercantil de alguna sociedad, convirtiéndose en el aproximadamente 5% del total de monumentos a conservar. En los últimos años se han multiplicado considerablemente las acciones y manifestaciones por difundir los valores histórico-sociales de estas representaciones de los procesos industriales y económicos de nuestro pasado. Hablamos de tabacaleras, fábricas textiles, fábricas de chocolates, maquinaria, puertos, minas, etcétera. Elementos que hemos interiorizado como elementos valiosos en términos incluso artístico-culturales cuando viajamos a Londres o París, pero que no reconocemos en nuestro entorno inmediato.

Es indiscutible que la Revolución Industrial marcó un antes y un después en el mundo contemporáneo, y que ha supuesto una serie de cambios culturales y socioeconómicos de unas dimensiones globales sin precedente. El testigo patrimonial de esos orígenes del cambio son los elementos industriales que explican, en definitiva, nuestro modo de vida actual. Si partimos de los cánones de belleza clásicos, y podemos hablar de clásico hasta entrado el siglo XX, podemos jugar con la polisemia de “clásico” y hablar de belleza clásica como aquella belleza que perpetúa la diferencia de clases. Porque, indudablemente, quienes han marcado la forma y las condiciones de la belleza, siempre han sido las clases del poder imperante. La sociedad que ha tenido acceso a esas materializaciones de belleza u obras artísticas (en términos platónico: integradora de todos los valores morales) ha sido la minoría social interesada en perpetuar la desigualdad social, alejando cada vez más de la sociedad, a modo de falsa elevación intelectual, las condiciones de lo bello. En definitiva, haciéndolo inaccesible. Por tanto, la historia del arte se encuentra históricamente configurada por obras que responden a los valores morales y culturales de las élites que han luchado por perpetuar la privatización del conocimiento del pasado y su relación con el presente, en definitiva, de la intelectualidad. Mientras tanto, el resto de la sociedad lucha por sobrevivir.

No podemos decir que las fábricas y conjuntos industriales sean productos de los valores reivindicados por el pueblo, pero sí que son elementos comprendidos por el mismo, accesibles por el desprecio de las élites, elementos que personifican la explotación de la clase obrera que ya no son tan útiles, que se han quedado obsoleto para dar paso a otras formas más sofisticadas.

De este modo nos encontramos con numerosos espacios abandonados y deshabitados, marginados por la burguesía y el Estado, calificados como “inservibles”. Pero ¿en qué difiere, en términos de utilidad, una tabacalera de una iglesia? ¿y en términos de calidad? ¿no es una iglesia un espacio habilitado para el encuentro de siervos de una fe que van en busca de redención en la vida? ¿y no es la fábrica, un templo para el encuentro de obreros que van a cambio de un salario para sobrevivir? La cantería que construye volutas, frontones y esmeradas portadas que integran un vidrio a modo de rosetón son capaces de emocionarnos hasta el punto de alcanzar las más grata de las experiencias estéticas, pero el ladrillo o el cemento que configuran imponentes estructuras geométricas con potentes chimeneas para la salida del humo y estratégicas ventanas para la entrada de luz, son susceptibles de demolición y juzgadas como una monstruosidad. ¿Quién nos habrá metido esas ideas en los ojos? La intención de la arquitectura como arte impone la utilidad sobre la estética, pero procura que la segunda tenga una resonancia particular en función a la sociedad a la que debe adoctrinar.

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Vista de Santa Cruz, podemos ver en primer plano el Parque Marítimo, seguido del Auditorio Adán Martín y en el fondo los Roques de Anaga.

Santa Cruz es puesta en duda constantemente por todos aquellos que la visitan en términos y expectativas de ciudad histórica. Muchos afirman que, en comparación, la belleza y el conjunto histórico de La Laguna o La Orotava, la dejan en la sombra, y que en Canarias, si existe una ciudad ejemplar es Las Palmas de Gran Canaria. Pero… ¿por qué?

La capital tinerfeña es una ciudad heredera de las consecuencias y vaivenes  que ha sufrido su sociedad: una ciudad marítima sin mar, histórica sin casco antiguo protagonista, una ciudad con valores artístico-culturales pobres y de funcionalidad defectuosa. ¿Por qué Santa Cruz no se parece al resto de ciudades?

En primer lugar, hay que decir que Santa Cruz de Tenerife posee la belleza de lo castigado que mantiene la alegría de sus calles. Pero es una ciudad que ha crecido de forma antinatural, flanqueada por un lado por los Roques de Anaga, estaba obligada a crecer desplazándose de de forma paralela al mar en dirección sudeste, pero en 1930 la construcción de la Refinería CEPSA encierra a la ciudad. A partir de ese momento, el crecimiento de Santa Cruz se desarrolló hacia la profundidad de la isla generándose barrios aglomerados y marginados del centro económico de la ciudad. Actualmente existe una clara brecha urbanística entre la Refinería y el Barrio del Toscal. Encontramos de por medio elementos inconexos y extraños: El TEA, Auditorio Adán Martín, Parque Marítimo…

Intentos por dar vida a la zona y por integrarla en la ciudad, pero que permanecen aislados y apagados, únicamente explotados por las residencias y los Centros Comerciales. Santa Cruz es una ciudad descompensada, cuyos ritmos urbanísticos e intereses económicos han ido moldeándola sin valores de conservación coherentes, es decir, en forma de conjuntos. La conservación y restauración de obras civiles de valor histórico artístico pierde cualquier sentido cuando no es tenido en cuenta el contexto que permite el discurso coherente, visible y palpable, aquel que permite entender una ciudad al transitarla sin necesidad de manuales. Santa Cruz es un bellísimo relato poético al que le han extirpado alguno de sus conectores y adjetivos, ensuciando sus párrafos. Pero cuando te aventuras a conocerla, te detienes a leer sus rincones, adviertes que muchas cosas han sucedido allí… permanece, resonante, el latir de una historia apasionante de pescadores y piratas, de comerciantes e intelectuales, de surrealistas y gacetistas de arte, así como de otros inspirados desconocidos. Debemos colarnos en el puerto y descubrir la bella “Farola del mar”, debemos levantar la vista en la Calle del Castillo para descubrir la arquitectura tradicional y modernista (y lamentarnos de no poder disfrutar de una anchura de la Calle Mayor de Triana de Las Palmas) y reencontrar el hechizado Templo Masónico.

Podemos, también, permitirnos adentrarnos en la iglesia de San Francisco para descubrir sus artesonados y murales; recorrer la magia que perdura en las edificaciones del barrio del Toscal, así como los espacios abandonados que los graffiteros han tenido a bien llenar de sentidos plásticos a esos vacíos marginales. Las Ramblas y el Parque García Sanabria, son con seguridad el mejor museo de arte contemporáneo de la isla, sin duda, deberíamos aventurarnos a continuar experimentando la contemporaneidad de la ciudad y adentrarnos en la Refinería de Santa Cruz… ¿pero podemos?

ESPACIO CULTURAL EL TANQUE

Son pocos los que conocen este espacio adquirido y habilitado por el Gobierno de Canarias como Sala de Arte Contemporáneo, y que nos permite continuar el silencioso relato de la capital santacrucera.

El Tanque es un depósito industrial de la Refinería que desde 1997 fue rehabilitado para su aprovechamiento. Desde 2014 se encuentra protegido por la ley de Bienes de Interés Cultural aunque la lucha por reivindicar sus valores históricos permanece vigente: el desconocimiento de este espacio y de las actividades que se realizan en él, y la animadversión que genera por su naturaleza, siguen siendo muros a derruir por algunos de los defensores de la cultura contemporánea y los Amigos del Tanque (asociación que lucha por este caso en concreto). Sin lugar a dudas, El Tanque es uno de los elementos industriales más interesantes de la ciudad a la hora de establecer conexiones y relaciones del sentido de la ciudad, de lo que hemos venido llamando “relato” a lo largo de este artículo. Este espacio concebido para almacenar crudo en los años 50, se llena hoy de nuevos discursos artísticos y propuestas culturales que conviven con un contexto que no invita ni facilita su integración en la sociedad.

Los 50 metros de diámetro en la periferia de la capital parecen inaccesibles al transeúnte, y por tanto, invisibilizado dentro de la vida cultural de Santa Cruz. Por este motivo se han llevado a cabo interesantes propuestas de rehabilitación del entorno en función al valor histórico, artístico e industrial que supone este elemento y que supondrían un avance, un conector suprimido, en el relato de la historia, mutante y siempre cambiante, de Santa Cruz.


*NOTA: La imagen de la portada ha sido extraída de Toscal Tribulaciones  y son creaciones técnico-artísticas propiedad de la Gerencia de Urbanismo del Excmo.Ayto. de Santa Cruz.

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