El cultureta literario

“La Casa de la Alegría”, de Edith Wharton


Selden se detuvo, sorprendido. En la aglomeración vespertina de la Estación Grand Central, sus ojos acababan de recrearse con la visión de la señorita Lily Bart.

La Casa de la Alegría, Edith Wharton.

Edith Wharton abre así el telón de su obra más icónica junto con La Edad de la Inocencia Ethan Frome.

Lily Bart. Lily Bart…  Al leer estas dos frases que presentan sin adornos ni florituras a la protagonista, pensé: “qué nombre tan poco elaborado para una heroína literaria, qué simple. ¿ Y a esta mujer de nombre y apellidos tan cortos le van a suceder grandes cosas? “. Olvidé por un momento al alter ego de Jane Austen, Elizabeth Bennet; a la trágica Jane Eyre; la poética desdicha de Isabel Archer y a la niña que soñaba con vivir grandes aventuras, Ana de las Tejas Verdes.  Nombres (¿vulgares?)  que no puedo pronunciar sin un matiz de reverencia y emoción (mal) contenida. Lo confieso: por un momento, o por unas páginas, la subestimé. A Lily Bart y,  por ende, a la propia autora. Y ahora estoy convencida de que me hallo frente a una de las obras más excelsas de su generación.

En La Edad de la Inocencia la protagonista, Ellen Olenska, se nos presenta a través de los ojos de Newland Archer, que la contempla desde el palco de la ópera entre medio fascinado y medio aterrorizado, como un ser misterioso, imprevisible y peligrosamente diferente. En cambio de Lily Bart lo llegamos a saber todo. Y aún así, nos quedamos con ganas de más.  Su presencia basta y sobra, y Lawrence Selden es un mero expectador que hace acto de presencia para contribuir a la sublime idea que empezamos a tener de ella desde que espera sin saber a qué, sola y encantadoramente desorientada, en el abarrotado andén. Lo cierto es que es imposible resistir el impulso de amarla. Antes de llegar a la mitad del libro, una ya se sienta perdida sin la luz que parece irradiar como un astro más del firmamento. Parece un ser bendecido con todos los dones de la tierra o, al menos, con los dones considerados como necesarios para una joven casadera en el Nueva York del siglo XIX: arrebatadoramente hermosa, de buena familia, con una destreza natural para actuar comment il faut en cualquier situación, y de gusto exquisito.

Pero ay… Lily Bart tiene el único defecto que la alta sociedad neoyorquina decimonónica no podía perdonar: la carencia de una fortuna. Decía uno de sus muchos pretendientes: “si hay algo vulgar en el dinero es hablar sobre él”. Y aunque todos los esfuerzos de Lily se dirigen a mantener y mejorar su tambaleante posición en el grand monde, no puede evitar aborrecer lo que desea, un sentimiento que Selden, del que está secretamente enamorada, se asegura de alentar con sus esporádicas y fatales apariciones. Cada vez que parece haberse asegurado la aristocrática mano de un buen partido, Lily Lo estropea todo y  huye en el último instante, consciente de que las numerosas mansiones, las interminables partidas de bridge y las monótonas conversaciones de siempre con la gente de siempre, acabarían ahogando su espíritu. A pesar de que “no estaba hecha para un ambiente triste y mediocre” y de que el lujo “era el telón de fondo que ella necesitaba, el único clima respirable para ella”, eso no era suficiente. Como tampoco Selden era suficiente, a pesar del amor que sentía por él.

Esa encarnizada lucha contra sí misma y el quererlo todo y al mismo tiempo nada, sumergirá al lector en  una agónico y lento declive que no puede acabar sino de la peor forma posible. Irremediablemente, se va acercando, a cada paso, al negro abismo. Lily es, como todos nosotros, víctima de sus propias contradicciones y de la rigidez de las convenciones sociales. Y su extraordinaria naturaleza, genialmente expuesta por la hábil pluma de Wharton, no podía exigir un final menos extraordinario: el de la mártir que aunque se ha ensuciado las manos por culpa de las injustas imposiciones del mundo, acaba redimiéndose con sus últimos actos. 

“El corazón de los sabios está en la casa de luto mas el corazón de los insensatos en la casa de la alegría”.

Eclesiastés 7:4

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