El cultureta literario

La Larga Marcha: una novela de Richard Bachman (Stephen King)

Stephen King y Richard Bachman: dos caras de una misma moneda

Stephen King publicó, entre 1977 y 1984, cinco novelas bajo el seudónimo de Richard Bachman. Estas novelas salieron a la luz intercalándose con las publicadas bajo su nombre real, y el motivo aducido para tal situación fue el de evitar la saturación del mercado editorial. Según parece, su editor le recomendó utilizar esta estratagema:

“Yo no creía estar saturando el mercado como Stephen King… pero mis editores sí lo pensaban. Bachman se convirtió en un elemento de transacción, para ellos y para mi. Mis “editores de Stephen King” se comportaron como una esposa frígida que solo desea entregarse una o dos veces al año, y que le pide a su marido permanentemente cachondo que se busque a una prostituta de lujo. Era a Bachman a quien yo recurría cuando necesitaba desahogarme. Sin embargo, eso no explica por qué experimentaba la incesante necesidad de publicar lo que escribía aunque no necesitara dinero”.

Las novelas escritas como Richard Bachman tienen un trasfondo particularmente brutal, ya que pretende ser la “mitad oscura” del propio Stephen King. Dos años después de su primera novela publicada con seudónimo, Rabia (1977), veía la luz La Larga marcha.

La larga marcha (1979)

Esta novela nos sitúa en un estado policial ultraconservador, donde el estamento militar mantiene sometida a la población. El escenario es una competición deportiva, La Larga Marcha, en la que participan cien adolescentes elegidos a sorteo. Una marcha a pie brutal, en la que los participantes caminan hasta desfallecer, y en la que detenerse demasiado tiempo supone la ejecución.

Un único superviviente, el ganador, recibirá fortuna y gloria. El resto serán ejecutados.

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Esta novela cuenta con todos los ingredientes clásicos de una novela de Stephen King, y nos mete en la mente de Ray Garraty, un adolescente de dieciséis años que se ve en medio de esta competición. Desde el primer momento nos introducimos en los zapatos de este marchador, y vivimos con él todas sus experiencias, pensamientos y sensaciones.

Es una obra absorbente, que no podemos parar de leer, pues consigue implicarnos psicológicamente en el argumento. Llega un punto en el que el desasosiego y agotamiento del protagonista es asumido por el lector, y muy pronto te encuentras irremediablemente ligado a su destino.

Sin abundar en detalles y descripciones, planteándonos en todo momento las situaciones en sus detalles más gruesos y grotescos, conviviendo continuamente con la muerte y el desamparo… y deslizando detalles importantes a través de mensajes coyunturales. Así se consigue situar al lector y provocar su inmersión absoluta.

Los marchadores hablan entre ellos; comentan sus experiencias, sus sensaciones, y somos testigos de sus debilidades, sus arrebatos de histeria, sus lamentaciones, sus brutales muertes. El público que contempla el evento nos aporta una visión del mundo que rodea a la historia: una sociedad violenta, propagandística, adicta al espectáculo y las apuestas.

Caminamos sin descanso y nos planteamos con Ray Garraty la futilidad de nuestras convicciones, la delgada línea que nos separa de la locura, las razones que nos mueven a seguir caminando.

“Pensar, se dijo Garraty. El trabajo del día era pensar. La mente y el aislamiento, porque en el fondo no importaba si uno pasaba las horas con otro o no: en el fondo iba uno solo. Le parecía haber puesto tantos kilómetros en su cerebro como en sus pies. Los pensamientos seguían surgiendo y no había manera de rechazarlos. Era suficiente para que uno se preguntara qué pensaría Sócrates justo después de apurar el vaso de cicuta.”

De nada nos sirve establecer lazos con otras personas que sabemos que van a morir; sin embargo, se hace. Continuamente.

De nada sirve plantearse el futuro, lamentarse del pasado, desear estar en cualquier otra parte… pues el rumbo de la realidad no obedece a los anhelos del pensamiento.

Una novela que no sirve de nada, o quizá para mucho. Un adictivo pasatiempo que no puedes detener, y que te hace plantearte hasta qué punto puedes distanciarte del público que, embelesado, contempla la sangrienta comitiva hasta su estertor final.

Y es que, en el fondo, Richard Bachman sigue siendo Stephen King.

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