Trazo y cincel

Dentro de una casa victoriana: los peligros de la vida doméstica

¿Qué nos encontramos al franquear la puerta de cualquier vivienda actual? Un rellano, una cocina, un cuarto de baño, un dormitorio, una sala de estar. Es una disposición que damos por sentada, como si siempre hubiera sido así. Pero nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que esta configuración que nos es tan familiar y la idea del hogar como remanso de paz y bienestar aislado del exterior, terminó de gestarse a finales del siglo XIX y principios del XX en Inglaterra. La Revolución Industrial por aquel entonces se había apoderado de las ciudades y las chimeneas humeantes de las fábricas dominaban el horizonte. El exterior se había vuelto hostil: los cambios tecnológicos se sucedían día tras día a un ritmo vertiginoso, transformándose en inventos e innovaciones —muchas veces, peligrosas— en pro del desarrollo económico; la progresiva insalubridad del aire a causa de la contaminación y el hacinamiento de la población disparaban la extensión de enfermedades y epidemias; y la pobreza empujaba a la nueva clase social de la industrialización —el proletariado— a la mendicidad, la prostitución y el hurto.

Esto suponía que el único lugar seguro para un ciudadano de la Londres u otra gran ciudad de la época victoriana, era de puertas adentro. De ahí que éste se esforzara por convertir su casa en un lugar plácido, confortable y equipado con las últimas novedades domésticas que facilitaran los quehaceres diarios. Sin embargo, no era oro todo lo que relucía ya que muchos de estos must del momento fueron los responsables de numerosas y trágicas muertes.

Empecemos por la sala de estar…

Puede que la sala de estar fuera la más utilizada por los miembros de una familia victoriana. En ella se reciben a las visitas, se celebran reuniones, se lee el periódico o la última novela de moda o, simplemente, se descansa después de un largo día. Es un lugar de ostentación, una carta de presentación para la sociedad. Dependiendo de la madera de los muebles, la calidad de las telas del cortinaje y los tapizados, o del juego de té se ocupaba una posición determinada. La industrialización trajo consigo, entre otras cosas, la fabricación en masa de productos solo aptos en tiempos pasados para los indolentes bolsillos de la aristocracia. Ahora  estaban a disposición de la burguesía, cuyo principal interés era ascender en el escalafón social. Vajillas, chinerías, tejidos y otras atractivas fruslerías a precios irrisorios inundaban el mercado. Toda una tentación para esta nueva sociedad de consumo. Y entre esos productos estaba el artículo estrella de la decoración de la casa: el papel pintado.

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Poor relations, George Goodwin

El papel pintado respondía a los deseos de opulencia y pompa de esta emergente burguesía industrial. Cuantos más colores y más brillantes, tanto mejor. Además, la introducción de la luz de gas y, más tarde, la luz eléctrica hacía posible el disfrute de los recargados y luminosos diseños también durante la noche y las cenas. Por tanto, el papel pintado constituyó un auténtico boom comercial. Todos querían cubrir las paredes de su casa con él y responder así a las normas del buen gusto. Pero no con cualquier papel pintado: los diseños de William Morris, el fundador del movimiento Arts & Craft, fueron los más codiciados, tanto por la riqueza de sus detalles como por sus intensos colores.

Triunfaban los papeles de color verde —en detrimento del rojo o el amarillo—, concretamente el verde conocido como Sheila’s Green, ya que era un color que invitaba al reposo del ojo según la reputada guía Cassell para el hogar (tal vez también influyera esa nostalgia por la campiña y el aire fresco de las zonas alejadas de las urbes). Este color verde tenía la particularidad de que era extremadamente brillante, casi radiactivo. Y el adjetivo le viene como anillo al dedo porque para conseguir dicho color se empleaban ingentes cantidades de arsénico. En otras palabras, el papel pintado era venenoso. Tanto que provocó en muchos victorianos que buscaban la comodidad del sofá de su salón graves enfermedades y, en la mayoría de los casos, la muerte. ¿Cómo? Por aspiración o ingestión: la excesiva humedad y la consecuente condensación, desprendía el arsénico del papel, que quedaba suspendido en el aire y se depositaba en las superficies de los muebles, justo donde iban a acabar las manos de la familia para coger un jarrón o un libro. Tengamos además en cuenta que, por miedo a los agentes externos, las casas no solían ventilarse con asiduidad, de modo que el arsénico permanecía en el ambiente, peligrosamente imperceptible.

Sin embargo, esto no se supo hasta mucho (y muchas muertes) después e, incluso a pesar de las crecientes quejas y demandas de investigadores y ciudadanos a los fabricantes, el papel pintado siguió conteniendo arsénico durante bastante tiempo. Sólo después de que la reina Victoria retirara el papel pintado de una de sus estancias como consecuencia del repentino malestar de un embajador al que recibió en audiencia, los productores empezaron a fabricar y a promocionar papel pintado sin arsénico.

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Diseño de William Morris

¿Cerraste la llave del gas?

Para aquellos que todavía tenemos cocina de gas es una pregunta muy habitual; ahora somos conscientes del peligro que entraña la combinación del gas fluyendo libremente y una inesperada chispa. Pero no en el siglo XIX.

La introducción de la cocina de gas supuso toda una revolución para las casas. Permitía cocinar más y más rápido. Muy atrás quedaban los tiempos en que había que dedicar una eternidad para avivar unas brasas o hacer malabares para conseguir la temperatura requerida. Las cocinas de gas habían hecho su aparición y habían venido para quedarse. Innumerables fabricantes invadieron el mercado con sus diseños, a cada cual más rimbombante y sofisticado. Y las familias inglesas estaban ávidas de novedades. El problema radicaba en que no existía regulación alguna y los controles de calidad de los nuevos productos eran muy laxos. De este modo, las familias victorianas se convirtieron en auténticas ratas de laboratorio para los fabricantes.

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Modelos de cocinas de gas

Con suerte, lo peor que podía pasarle al servicio o al ama de casa era sufrir una quemadura o que el invento no funcionara. Pero en un día aciago, puede que las consecuencias fueran mucho peores. Unido a que los fabricantes y sus productos no eran sometidos a tests de calidad fiables, estaba el hecho de que no había un control en la cantidad de gas que llegaba a las casas. No fueron pocas las ocasiones en que el gas se escapó durante la noche y mató a todos los miembros de una familia mientras dormían, noticias que espeluznaban a la sociedad. Otras veces, se producían brutales explosiones cuando el primer madrugador —por si fuera poco, con poco sentido del olfato— encendía la luz de la cocina al rayar el alba.

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Modelo de cocina de gas Sugg

Escaldado estás más guapo

Pero esto no es todo. Quien conseguía sortear el envenenamiento y los bombazos, aún no estaba a salvo. Por fin vamos a dar con lo que fue la auténtica innovación de la época victoriana y que más repercusión ha tenido en la actualidad: el cuarto de baño moderno.

Si había algo a lo que los victorianos ponía los pelos de punta era la suciedad. Y la suciedad abundaba en las ciudades industriales inglesas. Calles atestadas de basura, cloacas rebosantes, contaminación por doquier. Estar limpio era librar una batalla constante contra el fango, el hedor del ambiente y la humedad. Y contra algo aún más invisible y aterrador: los gérmenes y las bacterias, recién descubiertas por la medicina moderna.

Pero no sólo había que luchar contra el entorno; las abundantes y aparatosas capas de ropa características de la moda victoriana eran toda una invitación para la aparición y proliferación de fluidos corporales y malos olores. El perfume y las pelucas empolvadas, tan ampliamente utilizadas durante el siglo XVIII para camuflar la falta de higiene, ahora estaban denostadas y mal vistas por la buena sociedad. Ahora en cambio se promovían los baños de agua, fría si era necesario. La obsesión de la sociedad victoriana llegó a tales extremos que una persona con posibles podía cambiarse de ropa varias veces al día. Un cuerpo limpio pasó a ser sinónimo de un alma limpia.

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Modelo típico de un cuarto de baño victoriano

Y aquí entran en juego otras novedades tecnológicas de la época: la instalación generalizada de agua corriente y la bañera de gas. Estos dos inventos posibilitaron la creación de una habitación dedicada exclusivamente a las abluciones del cuerpo. Es a los victorianos a quienes debemos la configuración del cuarto de baño actual y nuestro concepto de una correcta higiene. En tiempos pasados, para disponer de agua caliente era necesario dedicar mucho tiempo a calentar pesados barreños que luego se vertían en una bañera.  A mediados del XIX el agua podía llegar caliente gracias a las bañeras modernas. El ritual del baño se convirtió en un espectáculo privado al no requerir de varias manos para prepararlo. Demasiado bonito para ser real; porque no hay inventos sin complicaciones.

La realidad es que muchas personas que se dispusieron a disfrutar de un relajante y reparador baño, sufrieron graves quemaduras o murieron escaldadas. Tal era el precio de la limpieza de espíritu. La causa era que estas nuevas y avanzadas bañeras, como las cocinas, no pasaban por inspecciones adecuadas de calidad, un caldo de cultivo perfecto para los accidentes, muchos mortales.

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Modelo de bañera de gas

Fuente:

Documental Hidden Killers of the Victorian Home 

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