Trazo y cincel

Claves para entender el arte barroco

El arte barroco sufre muchas veces el estigma de los prejuicios de aquellos que tienen una concepción parcial de este estilo, pero el barroco es mucho más que sus tópicos de opulento, recargado, exaltado, oscuro y profundamente religioso. Lo cierto es que el estilo barroco se caracteriza por el contrapunto de sus elementos, pudiendo ser extremadamente ostentoso y contenciosamente austero; puede presentarse de forma increíblemente abigarrado pero también sencillamente dispuesto; puede transmitirnos desde los sentimientos más fanáticos y enardecidos hasta la espiritualidad de lo cotidiano. El barroco es un estilo holístico y expansivo, integra lecturas tradicionales y contemporáneas de la época, desde la proyección antiintelectualista del cristianismo hasta el emprismo de Galileo Galilei o el racionalismo de Descartes. El barroco integra las manifestaciones reformistas y contrarreformistas de la Iglesia, los elementos del arte clásico y renacentista, y también los medievales y manieristas. Se trata de un estilo en el que convergen todos los estilos anteriores, sus temas y figuras protagonistas para entregarse a una nueva forma de mostrar el mundo. Porque, ante todo, el arte barroco se caracteriza por su intención pedagógica y aleccionadora.

 

 

Se ha creído que esta nueva obra que realiza la pintora Artemisa Gentileschis 8 años después de la primera pudo estar influida por su fructífero contacto con Galileo Galilei y su estudio de las trayectorias parabólicas.

Debemos entender que el arte en sí mismo ha estado siempre al servicio del poder y de los Estados. Si bien a día de hoy la manipulación de la percepción de lo que ocurre en el mundo se realiza a través de los medios de comunicación en masa, la pintura a lo largo de la historia del arte ha cumplido este papel. Reyes, nobles, burgueses y, por supuesto, la Iglesia, han hecho un uso propagandístico y político de este elemento aparentemente inofensivo para mostrar, enseñar y adoctrinar en la creencia que fuera de su interés. La Edad Moderna se caracterizó por ser un periodo especialmente convulso a partir del siglo XVII, donde el absolutismo y las guerras empezaron a hacer germinar en la clase no privilegiada un inconformismo que detonaría en 1798 con la Revolución francesa. Por tanto, la primera clave que debemos despejar a la hora de enfrentarnos ante cualquier obra del barroco es:

¿Qué estaba sucediendo en la Europa del siglo XVII?

El contexto histórico en el que se crea una obra de arte no es un mero intelectualismo o un simple dato de interés, lo cierto es que tanto el estilo artístico como cualquier creación de un periodo responde a determinados intereses y conflictos de un tiempo y un espacio. Una obra de arte será el resultado de un posicionamiento a favor de unos u otros intereses, y por tanto, dentro de unos u otros conflictos. Dicha obra se expresa mediante un lenguaje específico para transmitir una idea concreta sobre el mundo que le rodea y que dirige a un público en particular. Es en este juego de concreciones y de posicionamientos donde encontramos las características generales de un estilo.

Desmontamos así el mito de los genios creadores y hablamos de personajes en la historia que nos han dejado fuentes de gran valor tanto por su representación de las perversiones y luchas de la sociedad, como por perpetuar y desarrollar un concepto de belleza y emoción que nos conecta. Esta última es la herramienta más activa del poder para confinarnos al castigo eterno del idealismo y la insatisfacción espiritual. Cualquier representación, por más fidedigna a la realidad que pretenda ser pasará por manos de cualquier individuo educado para producir emociones en su público, y eso sólo lo conseguirá con una alteración sugestionada de la realidad, bien sea mediante la traslación conceptual o la selección y descontextualización de la misma. Si fuera de otra manera, es decir, si el arte representara sin intereses la realidad, éste pasaría desapercibido.

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Mapa de Europa tras la Paz de Westfalia

Retomamos la pregunta inicial: Europa en el siglo XVII. Nos encontramos con un panorama crispado en lo que se refiere a los Estados, la hegemonía de España suponía graves inconvenientes para los intereses de expansión imperialista de sus vecinos y para la independencia de otros (Portugal, Holanda y Cataluña); con respecto a la sociedad, la instauración del sistema capitalista tras la era de los descubrimientos y el auge del comercio aumentó las desigualdades sociales y la precariedad de las clases populares, además del descontento de una burguesía que ambicionaba los privilegios del Estado; por otra parte, acontece desde siglos antes la conocida Pequeña Edad de Hielo que tiene su pico más alto de descenso de temperaturas en esta época lo que supone una profunda crisis de subsistencia; en lo relativo a la religión, tras el Concilio de Trento, los reformistas y los católicos entraron en un conflicto que desembocaría en la Guerra de los Treinta años debido a los intereses políticos y económicos de las potencias europeas. Con respecto a la cultura, el siglo XVII europeo es un siglo heredero de los grandes avances científicos y la difusión de las diferentes culturas gracias a la imprenta, en España será conocido como el Siglo de Oro dado el esplendor sin precedentes de sus letras y artes, sobre todo en lo referido a la escuela andaluza.

En este contexto podremos adivinar que cada Estado reaccionó y gestionó sus conflictos internos y externos en función a sus propios intereses. En el caso de Inglaterra, se instauró una monarquía parlamentaria tras la guerra civil y el éxito de ejército de Oliver Cromwell sobre el ejército real, encontrándonos con que que la burguesía tomaría el mando de la sociedad inglesa.

Francia, tras prestar su apoyo al bando protestante en la Guerra de los Treinta años, consigue convertirse en la primera potencia mundial con Luis XIV a la cabeza. El Rey Sol, quien instaura una monarquía absolutista, concentraba todo el poder y la riqueza de su pueblo. Su gusto por la ostentación y sus extravagancias le dieron la fama por toda Europa, aunque esto es tema para otro artículo.

Continuamos en Italia, donde el protagonismo de este periodo lo tiene la lucha de la Iglesia en Roma por mantener su poder y su influencia en Europa.

El norte europeo se encontraba totalmente dividido, y sin lugar a dudas Alemania fue la más perjudicada del conflicto político religioso del siglo como escenario del mismo.

Con respecto a España, nos encontramos con un periodo de profunda crisis y péridida del poder consagrado a lo largo de los siglos anteriores. Además, la sociedad española fue gravemente diezmada por las enfermedades derivadas de la crisis de subsistencia, la expulsión de los moriscos, las emigraciones y la pobreza traída por la abusiva gestión de los nobles y la monarquía, y las guerras. Nos encontramos en un escenario de importante influencia de los grandes terratenientes que, beneficiados por el Estado para garantizar su fidelidad, mantuvieron sus privilegios, y una burguesía adinerada que crecía con el comercio y que ostentaba hacerse con los mismos privilegios. Entonces:

¿Cómo afectó esta situación a las artes?

Hemos descrito un periodo con luces y sombras, época de carestía, guerras y enfermedades, pero también de opulencia, ostentación y lujos; el barroco va a evidenciar esta complejidad. Si bien hemos hablado de una Europa resultado de los Estados modernos, organizada en territorios fundamentados en sus intereses políticos, cuando hablamos del barroco europeo debemos diferenciar este estilo dentro de cada uno de los territorios asumiendo las influencias mutuas. El estilo barroco nace en Italia como la máxima exaltación de la gloria de Dios y de la Iglesia, se trata de la continuación de la estética basada en el rechazo al normativo gusto clásico, por el contrario, en Francia impera un nuevo y ostentoso clasicismo donde la claridad, la luz y el orden serían la traducción artística del racionalismo filosófico. Versalles sería el ejemplo más ilustrativo de este exuberante barroco francés o clasicismo caracterizado por su tendencia a la teatralidad. Éste último, será un elemento tangencial al resto de interpretaciones barrocas y nos permite encontrar un leitmotiv dentro del complejo estilo. Otros elementos comunes serán el gusto por modelar las figuras por medio del color y la luz, bien sea anulando la línea o el dibujo dentro del cuadro, bien sea abusando del contraste hasta generar un claroscuro que nos revele las formas.

Dentro de las dicotomías que surgen en el estilo barroco enunciadas por el claroscuro, la expresión de lo excesivo y lo exagerado serán representativos del Barroco italiano, español y francés, pero también encontraremos en Alemania, Holanda y Flances, las máximas expresiones de la ordinariez y la cotidianidad: los temas costumbristas y los bodegones. Se trata de obras con una poderosa presencia del realismo o naturalismo en las que el artista retrata lo que ve. La influencia de los bodegones del norte de Europa gozarán de un gran éxito en el sur donde podremos ver su desarrollo como tema individual y su integración en composiciones más abigarradas.

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Niño con un cesto de frutas, Caravaggio, (h. 1593)

Hemos hablado de la gran riqueza de los estamentos privilegiados y la alta burguesía, de modo que podremos deducir que gran parte de los encargos artísticos serán realizados por la Iglesia y la casa real, pero también por estas clases sociales, de modo que a lo largo del siglo habrá un importante desarrollo y práctica de la retratística paralela a la temática religiosa. También hay que destacar el gusto por los temas mitológicos e historicistas.

Pero, tal y como tenemos en el imaginario colectivo, el barroco tiene su máxima expresión en el arte religioso, al menos en los países católicos. Como ya habíamos anunciado, tras el Concilio de Trento y el crecimiento de las fuerzas protestantes, la Iglesia católica decide responder con todo su arsenal y tras algunas reformas internas dadas las denuncias por corrupción eclesiástica, convierte el arte en su más poderosa arma propagandística. Las obras religiosas del barroco subrayarán con suntuosidad el poder de la Iglesia católica a través de una arquitectura monumental, de extraordinarias formas y exuberantes ornamentos. A esto debemos añadir la construcción masiva de las mismas, es habitual encontrar varios templos barrocos en un mismo espacio.

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Iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane, Francesco Borromini, (1638-1641)

En el caso de la escultura y la pintura, responderán a un tratado pedagógico de reeducación tanto de la sociedad como de la comunidad eclesiástica en los verdaderos dogmas del catolicismo. El resultado serán imágenes de gran carga emotiva, de pasiones desenfrenadas y de exaltación de la humanidad y la divinidad. En este sentido serán la pintura italiana y la pintura española las que originen las obras de mayor calibre, ya que la pintura francesa rendirá culto a su monarca. En el caso de la pintura flamenca despuntarán Rubens y Van Dyck, aunque el primero con una mayor desarrollo en los temas mitológicos y el segundo en lo que la retratística le ocupa. Dentro del panorama flamenco cabe destacar la presencia de Clara Peeters y la exquisita calidad de sus bodegones, influidos por los holandeses. En Holanda, Rembrandt y Vermeer serán los protagonistas del panorama pictórico, el primero por su calidad como retratista y su interés por la representación de la perfección anatómica, y el segundo, Vermeer, por su desarrollo de los temas costumbristas, dotados de una delicadeza y una espiritualidad que trasciende lo doméstico.

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Mesa, Clara Peeters (1611)

¿Protagonizan Italia y España el arte barroco?

Si bien el estilo barroco nace en Italia, la aportación que hace España a su desarrollo y proyección la debemos considerar como fundamental para su comprensión. La máxima expresión de los valores puramente barrocos los encontraremos con notable viveza en los maestros de la época: Velázquez, Murillo, Ribera y Zurbarán. Tanto en su época como en la actualidad son reconocidos como figuras troncales de la pintura universal, situando a España en el radiante cénit del estilo barroco. Las obras producidas por los artistas del Siglo de Oro español se rigieron por una genial codificación artística de la contrarreforma: el naturalismo, el realismo, la expresividad y sobre todo la accesibilidad del dogma católico a todos los fieles.

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San Andrés, José de Ribera (h. 1631)

Con respecto a la producción religiosa podemos destacar el magnífico tratamiento del color de Bartolomé Esteban Murillo o Juan Valdés de Leal, así como el uso magistral de la luz por parte de Francisco de Zurbarán o José de Ribera. Tanto la luz como el naturalismo estuvieron al servicio de la expresión de la más prodigiosa representación de las figuras protagonistas, tanto santos como personajes populares de la sociedad fueron revelados y descubiertos en la pintura barroca como seres poderosamente humanos. La terrenalidad de la divinidad fue el gran desafío conceptual y plástico de la época, y es justo situar la pintura, pero sobre todo la imaginería barroca española en primera línea en esta labor. La presente teatralidad barroca que podemos percibir en la pintura italiana de Caravaggio o Annibale Carracci, o en la pintura francesa, tiene una reinterpretación más naturalista en los lienzos españoles donde la construcción de escenas y la interacción entre las figuras evocan visiones de las visiones de la misma.

Si bien señalamos la intensa campaña propagandística desarrollada por la Iglesia, no es para menos aquella llevada a cabo por los monarcas absolutistas. Y, en este sentido, ningún monarca contó con un pintor de corte de la talla de Diego Velázquez, quien produjo un cambio de paradigma en la pintura universal en lo relativo a la proyección de la dignidad del retratado a través de una paleta contenida y un uso prodigioso de los focos de luz. No serían menos los cuadros dedicados por el artista a temas mitológicos, historicistas o religiosos, cuyas composiciones responden a un sentido de la teatralidad más europeo que español.

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Las hilanderas o la fábula de Aracne, Diego Velázquez (1655 – 1660)

Pero sin lugar a dudas, la figuración de las personalidades de la corte, desde monarcas a bufones y meninas, así como sus obras costumbristas repletas de personajes populares, son aquellas que merecen las mayores de las distinciones dentro de la época por su prodigiosa representación de la materialidad del ser humano en todas sus dimensiones.

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El bufón don Sebastián de Morra, Diego Velázquez (1643)

 

1 comentario en “Claves para entender el arte barroco”

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